Las Provincias

La vida va en serio

Gil de Biedma escribió: «que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde». Dolorosamente tarde. Hoy hace una semana que nos arrolló la noticia del fallecimiento de Rita Barberá. Siete vehementes días en los que algunos míseros han aprovechado, con la conciencia excesivamente privada de tranquilidad, para acusarnos (a los que hoy cumplimos con el oficio de informar) de ser causantes de tal infortunio. Pero -pese a la disconformidad que advierto- no les culpo. La muerte, como ningún otro episodio, lleva al ser humano a la desesperación extrema, al remordimiento a deshora, al arrepentimiento tardío. El último latido se lleva consigo, y sin retorno, absolutamente todo; inhabilitando, así, a la vida para poner las cosas en su preciso lugar. Detiene el reloj de la justicia y congela la equidad. Las excusas, lamentaciones y disculpas quedan al fin vacías de contenido. Adiós a las reconciliaciones o entendimientos. La historia, en una milésima de segundo, rubrica el punto y final. Y lo hace sin poner sobre aviso y sin que lo hayamos sellado previamente en la agenda.

Puede certificarse mañana o ahora. Teniendo toda la vida por delante o con los deberes concluidos. En un accidente de avión que está a punto de aterrizar con ochenta personas más corriendo la misma suerte o entre las sábanas de una desalmada habitación de hotel. Quizá un Raúl Castro de la época, emulando a Arias Navarro, emita un comunicado para informar de lo acontecido. O, más humildemente, nos ofrezcan unos afables versos ante un eco de sollozos en una sombría iglesia. Pero ya todo será en vano. Los abrazos, los besos, los afectos, los «te quiero», las caricias, las malas o buenas palabras se proveen en vida. Porque «la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra».