Las Provincias

Testosterona y prolactina

La virilidad de la política se supera con el cuidado maternal. Esa es la percepción que tiene Pablo Iglesias de la presencia femenina en política. Cambiar testosterona por prolactina. Es lo que reflejan sus palabras cuando dijo, anteanoche, que «en este momento, feminizar la política es construir comunidad en los centros de estudio y centros sanitarios, eso que tradicionalmente conocemos, porque hemos tenido madres, que significa cuidar».

Potenciar la presencia de la mujer, a su juicio, supone introducir la aportación femenina que nos lleva a la maternidad. Realmente no es mala opción y resulta coherente con la imagen de Bescansa-madre, pero es reduccionista. El problema de sus declaraciones no es que proponga cambiar la política. Eso es necesario y, aunque su propuesta sea inadecuada, no está mal ver la acción pública como una oportunidad de velar por los ciudadanos.

Pero se equivoca, en primer lugar, porque esa percepción del cuidado suena demasiado paternalista. En este caso, habría que decir 'maternalista' pero el diccionario no contempla ese palabro, tal vez porque el cuidado por los demás en una mujer se ve normal y en el hombre, patológico.

En segundo lugar, asocia la cualidad del cuidado con la mujer y a ésta, con el rol de madre. Habría que preguntarse qué significa «feminizar la política» o feminizar cualquier cosa. En principio no debería ser más que evitar que las mujeres tengan menos oportunidades de desarrollar su vocación política, o cualesquiera otras, por el hecho de no ser hombres. Eso es feminizar. No es imponer más mujeres sino eliminar el sexo en los criterios de elección o de promoción. Lo malo es que ninguna convocatoria incluye ese factor en sus bases pero sí en los prejuicios de quienes eligen y eso resulta mucho más difícil de controlar. La presencia, pues, no asegura la normalización per se pero ayuda a visibilizar. Ahí radica la tercera razón por la que se equivoca Iglesias. La asociación de la mujer con la maternidad como si sus cualidades fueran su aportación más valiosa nos retrotrae aproximadamente a antes de Trento. La mujer puede aportar a la política su inteligencia, su perspicacia, su capacidad de análisis, su determinación, su lucidez y su estrategia. ¿Valores femeninos? Valores humanos. Los mismos que puede tener un hombre. También el cuidado es cosa de ellos, por eso hay padres, enfermeros o maestros de primaria sensibles, atentos y preparados. Mejores que muchas madres, enfermeras y maestras. Quizás Iglesias se refiera a una cualidad tradicionalmente asociada con la mujer pero su papel ahí no es reproducir el estereotipo sin más sino aprovechar la ocasión para acabar con él. La feminización debe significar que haya presencia femenina y se espere de ella lo mismo que del hombre: buena gestión y buen juicio. Distinguir entre virilidad y maternidad ya suena, a fecha de hoy -que diría Sánchez-, demasiado rancio.