Las Provincias

La procesión de Fidel

No ha habido, ni hay ni seguramente habrá dictador que se precie de tal que no claudique ante el culto a la personalidad. La historia rebosa detalles entre pintorescos y estrambóticos que reflejan hasta qué punto se eleva la veneración entusiasta a quienes ostentan el poder absoluto y lo ejercen sin piedad. En los últimos tiempos lo hemos visto con Marcos en Filipinas, con Kin Jong-Il en Corea del Norte o con Chávez en Venezuela, todos cortados por el mismo patrón.

Aquí en España lo vivimos cuatro décadas atrás cuando la visita a los restos del general Franco generó las colas más largas por las calles que llevan a la plaza de Oriente que se recuerdan. Y todo para que unos meses después la inmensa mayor parte de los ciudadanos, incluidos muchos de los que derramaban lágrimas ante el féretro del Caudillo, votaran a los partidos democráticos que él tanto odiaba.

Estos días tenemos un ejemplo más reciente, y más elocuente de la deificación de un líder, en la parafernalia montada en Cuba en torno a las exequias de Fidel Castro. Mirando un poco atrás, no deja de ser paradójico que un político que accedió al poder y lo retuvo durante medio siglo gracias a la demagogia social se pasase la vida con verdadera sed de alabanzas, aclamaciones populares e idolatría mesiánica.

Claro que no todo ha sido atribuible a su vanidad. Igual que otros muchos casos similares que le precedieron, una buena parte del culto al que se somete a los que ostentan el poder ilimitado es obra de quienes les rodean, de quienes se benefician de sus prebendas y de quienes se dejan llevar por corrientes de emotividad contagiosa o simplemente de fanáticos de la teoría del elogia que algo queda.

Quienes ya en vida se desvivían por santificar civilmente a Fidel Castro, lejos de organizarle un entierro oficial con los honores que suelen brindarse a cualquier jefe de Estado, antes están paseando sus restos por toda la Isla para que nadie se quede sin rendirle pleitesía póstuma. El recorrido recuerda la procesión que Juana la Loca organizó con los restos de su marido. Hace 510 años, los despojos en descomposición de Felipe el Hermoso fueron paseados en peregrinación por toda España seguidos por su enamorada e inconsolable esposa que, a pesar de los cuernos con que le despedía, no quería verse privada de su presencia. Juana la Loca, como su apodo recuerda, estaba loca, loca de amor. Y su resistencia a quedarse sin el marido, la atormentó hasta el final.

Tras las pompas de los funerales de Castro ahora se abre una incógnita. ¿Cuánto tiempo tardará Cuba en conseguir por fin la libertad y la democracia que con Fidel no disfrutó? Es decir, ¿cuánto habrá que esperar todavía para que los que hoy se desgañitan aclamando al líder carismático, tengan oportunidad de votar a sus opositores, como sin duda gran parte de ellos acabarán haciendo?