Las Provincias

La oficina fantasma

Los ex presidentes de la Generalitat tienen derecho a una serie de prebendas. Chófer, coche, tratamiento, pensión, no sé qué más. Y, sobre todo, les corresponde una oficina fantasma. Un derecho que solo ha ejercido Alberto Fabra, y que, al parecer, ahora se extingue al abandonar su cometido quien lo desempeñaba, con sueldo de secretaria. Se trata de Esther Pastor, otrora muy influyente en los altos corredores del Palau de la Generalitat, donde quien más quien menos temía sus filias y sus fobias porque no eran del todo ajenas a ulteriores decisiones del entonces jefe del Consell, Alberto Fabra que provocaban llantos o alegrías. Eso se rumoreaba.

Por pura coincidencia compartí durante varios meses vecindad administrativa -como otros cuarenta compañeros funcionarios- con la sede de la misteriosa oficina ex presidencial, en el mismo palacio de la plaza del Carmen. Y, claro, veía de vez en cuando subir y bajar por la escalera en curva a la distinguida empleada eventual que ejercía el inasible cometido. Alguna vez yo me preguntaba: ¿en qué consistirá su tarea? ¿En responder llamadas de teléfono de gentes importantes que se interesan por el señor Alberto Fabra? ¿Pero quién se va a interesar por quien es un senador de a pie en la Cámara inefable e inútil? También me dije: ¿tal vez hay algún historiador que ya quiere escribir la biografía de Alberto Fabra y le pide datos a su ex colaboradora? Pero eso me parecía imposible. Luego cavilé en peticiones de favores. Y en ese punto no importa tanto que quienes mandan ahora en la Generalitat sean de partidos muy antagónicos al PP. Y ello porque los favores siempre existen en la política, y muy habitualmente los dirigentes a los que se les solicitan acostumbran a atenderlos con especial generosidad cuando los trasladan colegas que están en la otra acera ideológica. Por aquello de hoy por ti y mañana por mí. Con todo, aparte de esas posibles conexiones que podría facilitar Esther Pastor, hay que reconocer que su ex jefe tampoco se caracterizó por una gestión relevante, ruina aparte, y ni siquiera sentó cátedra de hombre de discurso y entusiasmo. O, cuando menos, de ironía y brillantez. No, él fue un señor bienintencionado, con pinta de buena persona pero muy romo en ataque. Y en defensa.

En fin, lo que importa es que esa figura estrafalaria de la oficina del ex presidente se suprima cuanto antes. Y que se anule la norma que asigna tamaños privilegios a quienes fueron presidentes de la Generalitat. Algo que recuerda a las pensiones que el régimen de Franco otorgaba de por vida a los ex ministros. Pero ya verán como será muy raro que ese momio se erradique de nuestra legislación. La actual coalición que gobierna la comunidad tiene la palabra. Y el cierre.