Las Provincias

EL LUTO

Imposible no conmoverse ante esos funerales irlandeses donde la familia y los amigos del difunto acaban hermanados por los vapores de los licores mientras cantan el lírico Danny Boy. Cuando uno observa, mayormente en las películas, esos homenajes póstumos hacia el finado, no puede sino admirar a los irlandeses que han elevado la muerte a solemne cuchipanda preñada de evocaciones brumosas. Tampoco es mala costumbre recordar a la persona querida que se marchó hacia el sueño eterno tomando unas copas, en la estricta intimidad, bajo el ancla de la memoria. Y si alguien enchufa la música favorita del cadáver, miel sobre hojuelas. Sin embargo, cuando fallece un dictador, las normas básicas de cortesía fúnebre sufren una mutación cafre que obliga a los súbditos a manifestar su dolor por narices. En Cuba, el luto ha impuesto la ley seca y la prohibición de cualquier melodía ambiental. ¡En Cuba! De un plumazo han erradicado cualquier son caribeño y esa querencia hacia pimplar ron, margaritas o cuba libre. Acaso las autoridades, o sea la familia de Fidel (ya hay un sobrino por ahí al loro), pretenden fumigar con la medida cualquier arrebato de jolgorio, no sea que algún disidente prefiera agarrar una curda para celebrar la extinción del tirano. Pero tan drásticos se han vuelto que nadie podrá rememorar la figura del sátrapa abrazando la melancolía dulzona que mana de la ingesta de unos abrasivos, tonificantes tragos. Alzar los vasos y brindar a la salud del compañero muerto siempre se me antojó civilizada tradición que reafirma los lazos entre el más acá y el más allá, pero las dictaduras, de izquierdas o derechas, no entienden del romanticismo macho de los colegones de golpe de estado, revolución montaraz o correrías nocturnas. Cuba sin música ni alcohol es el último castigo del gerifalte que se fue.