Las Provincias

François Fillon, la victoria del valido

Los franceses sienten una extraña admiración por el vencido en las lides de la política. Cayó el intrépido François Sarkozy en el precipicio electoral de las primarias porque se empecinó en enfrentarse a la xenófoba Martine Le Pen vestido de Juana de Arco, cabalgando él también por los campos de Francia. Y ahora le someten al castigo humillante de ponerle encima a quien fuera su valido siempre bajo sospecha, ese nuevo François rico, elegante y cauteloso que podría conquistar en primavera el palacio del Elíseo. Fillon llegó a París apadrinado por los depredadores del partido gaullista y aprendió enseguida a doblar esquinas en el espeso laberinto de la derecha francesa. Nunca arriesgó más de lo conveniente, avanzar con prudencia y jamás olvidó la sutileza de su feudo natal, en la Francia profunda de las riberas del Loira.

Una excursión otoñal por los pequeños pueblos de esa región es gozosa experiencia para regresar a otra edad media en estado puro. En las poblaciones de mayor alcurnia del departamento de la Sarthe, como Durtal, Solesmes o La Fléche, y también en las pequeñas aldeas, se descubren castillos, monasterios, caseríos fortificados, puentes y mercados que conservan la memoria de las invasiones inglesas y las sucesivas guerras de religión. No es extraño escuchar expresiones feudales a un vecino en ese rincón apartado de la Francia revolucionaria y republicana, donde la religión y las tradiciones mantienen vivo en la palabra y el trato el talante medieval, cuando se dirigen al párroco o al señor del castillo, con tratamientos cuya antigüedad y sumisión parecen sacadas de alguna novela histórica.

En el castillo de Sablé-sur-Sarthe, una de las más elegantes edificaciones de la región levantada en tiempos de Luis XIV, se lleva a cabo desde hace cuarenta años una silenciosa tarea destinada a salvar el ingente patrimonio de la Biblioteca Nacional de Francia. Tuve la fortuna de asistir allí a esa aventura libresca, la restauración y digitalización de códices, manuscritos, incunables y daguerrotipos amenazados por los hongos, el polvo secular y la carcoma. En las grandes naves del castillo, donde se tostaba achicoria durante la Gran Guerra de 1914, las copiadoras digitales salvan ese tesoro documental que bien podría conformar la quimera de una biblioteca borgiana. Pregunté la razón por la cual se le había establecido ese negocio, a un ignoto cantón de la República alejado de París, y enseguida me dieron en tono de admiración y agradecimiento el nombre de su antiguo alcalde, a la sazón Primer Ministro, hijo de un prestigioso notario de la vecina ciudad de Le Mans: François Fillon, candidato ahora al cargo de presidente de la República. Aquí ya le dan todos por ganador seguro en las próximas elecciones presidenciales.

Las gentes de este rincón lejano de la corte parisina conservan en su alma un íntimo ramalazo monárquico y católico que no logró ahogar ninguna revolución. La suavidad del clima en esta región acuática (el dulzor angevino lo llaman), el deleite de los bosques, el favor de la agricultura y el agua que fluye por doquier han modelado a estos hombres y mujeres que sospechan siempre de cualquier mudanza. Pocas veces el terruño ha definido con mayor precisión al personaje que en él nació y creció: el señor de este feudo François Fillon, dueño además de un hermoso 'manoir', casa señorial fortificada, cuyo primer torreón se levantó hace siete siglos.

Todos recuerdan en estas riberas de 'el Loira', (afluente del gran río femenino flanqueado por castillos y llamado en correcta toponimia 'la Loira'), las prebendas que el candidato Fillón les ha ido otorgando desde París; la más notable, una caprichosa parada del TGV, el tren de gran velocidad, en su pueblo de apenas 12.000 habitantes, dejando sin servicio a ciudades vecinas de mayor población.

Cuando el candidato tradicionalista viaja por estos parajes de castillos y choperas se le ve practicar su pasión predilecta, las carreras en motocicleta, y esconde por temor a la polémica su otra afición, la tauromaquia. Fillon, en efecto, no es un hombre del pueblo, sino el señor del terruño. Su ascensión política ha sido la del postulante trabajador y aplicado, sin excesos de fantasía o de coraje, fiel a sus poderosos valedores y lejano a los prados urbanos de París donde se cuecen las traiciones. Reniega del populismo en las ideas y en las formas, evita las comparecencias en la televisión del espectáculo y alimenta con acierto los flujos de la opinión pública que desembocan en las urnas evitando formar parte de ninguna casta.

La larga marcha electoral en Francia para elegir al próximo presidente-monarca se complica más a causa de las primarias abiertas a todo el electorado y del artificio gaullista de la doble vuelta en la votación, para premiar a las mayorías políticas. La estrategia obliga a los candidatos a situar su oferta en un punto preciso capaz de derrotar al adversario furtivo, el Frente Nacional de la ascendente Martine Le Pen. François Fillon, con inteligencia política y oportunidad, huye del codiciado centro y ofrece a los electores las promesas coherentes de un líder conservador: programa económico liberal, recortes al funcionarizado (casi seis millones de empleados públicos), rechazo a una Francia multicultural y, en paralelo con la doctrina Donald Trump en relaciones exteriores, entendimiento con el exigente Vladimir Putin y reforzamiento del eje franco alemán frente al ciclón que sopla desde Washington. Si salen las cuentas y las encuestas se tuercen otra vez, el miedo al populismo del Frente Nacional llevará en volandas a François Fillon en mayo hasta el Elíseo.

Los monjes benedictinos de Solesmes entonarán entonces el Te Deum de acción de gracias que ensayan cuando el católico, apostólico y romano Fillon viene algunos domingos desde su vecino castillo al monasterio de Solesmes a oir la misa gregoriana. La sobriedad y simetría de ese canto litúrgico cuadran bien con el estilo del político, candidato del terruño que habla como el eco penetrante de esa música y con la constancia del toreador.