Las Provincias

Y en ti sólo

Hay un verso de César Vallejo que es la mejor demostración de la necesidad de la tilde en 'sólo'. Cierra cada una de las cuatro estrofas de un poema que habla todo el rato de confianza. Y reza así, a modo de estribillo: «y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo». Que la tilde sirve para dejar claro que el poeta no tiene interés en pronunciarse sobre el género de quien merece su confianza (dándole, de paso, mucha más potencia al poema) y que su falta arrojaría al lector a la duda de si no se trata de un poema de amor homosexual (una duda que distorsiona inútilmente la lectura), son sólidos argumentos para deplorar que se haya decidido prescindir de los servicios de ese tan modesto como útil signo ortográfico. Pero el verso nos dice algo más. Hay coyunturas de la vida en las que uno sólo puede confiar en lo que nunca traiciona la confianza: ese tú comprometido y con el que a su vez uno se compromete, esa mano que se da abierta y sin truco, ese asidero que nunca puede ser abstracto ni instrumental.

Viene el verso a cuento de las reacciones que han suscitado las desapariciones casi consecutivas de Rita Barberá y Fidel Castro, dos líderes de opuesto signo ideológico, que compartían sin embargo un largo ejercicio del poder (muchísimo más largo, casi interminable, en el caso del cubano) y una imagen controvertida. Buena parte de los juicios que sobre ellos se han vertido, en la hora de su adiós, se han visto impregnados, de forma bastante lamentable, por el sesgo de sus trayectorias y la inclinación ideológica de quienes los juzgaban, ya fuera por coincidir con uno u otra o hallarse del lado opuesto.

En resumidas cuentas, desde eso que se llama una sensibilidad de izquierdas tocaba despellejar a Rita Barberá, incluso negarle la dignidad humana, mientras se condonaban y convalidaban todas las travesuras de Castro, justificadas por un fin superior.

Y desde una sensibilidad de derechas correspondía desdeñar como si fuera lepra la influencia histórica del líder cubano, mientras se magnificaba la obra de la exalcaldesa valenciana y poco menos que se culpaba a cualquiera que la hubiera criticado de acabar con su vida. Actitudes todas ellas notoriamente irracionales, y que combinadas hacen ver aún más su inconsistencia: alguno ha habido que se ha permitido demonizar a una mujer que, con todos sus defectos, tuvo el poder gracias a las urnas y que cuando éstas la rechazaron lo acató, para loar luego a un dictador que se perpetuó en el poder mediante un estado policial y la feroz persecución de sus oponentes políticos.

Lo que nos devuelve a Vallejo. Poca confianza merece el juicio humano cuando lo dicta el prejuicio ideológico. La confianza, en el hombre y la mujer que como hombre y como mujer miran. Sólo.