Las Provincias

SIN PERDÓN

Cuántas veces hemos escuchado a dirigentes de la izquierda, que han hecho del ateísmo militante y del laicismo agresivo y anticlerical una marca de identidad, reclamar y hasta exigir a la Iglesia católica que pida perdón por los errores cometidos en el pasado o por los delitos de pederastia impunemente perpetrados por algunos sacerdotes? Pues bien, los tres últimos papas -Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco-, en distintos momentos de su pontificado lo han hecho, han pedido perdón, públicamente, han reconocido las equivocaciones de sus antecesores o el gravísimo e irreparable daño causado a los niños víctimas de abusos sexuales, y humildemente se han disculpado. Lo cual, evidentemente, no borra el mal causado, ni mucho menos sirve para que los delincuentes queden sin el castigo penal que les corresponde, pero al menos representa un avance y, sobre todo, dignifica a una institución que aunque sea de origen divino está formada por seres humanos, susceptible por tanto de tropezar en la misma piedra no dos veces sino setenta veces siete. ¿Cuántos de esos dirigentes de la izquierda española han hecho algo similar, han entonado el mea culpa para reconocer que en el pasado se alinearon con la actuación del Partido Comunista de la URSS, antes de la caída del muro de Berlín, o prestaron todo su apoyo a una revolución cubana que acabó convertida en una feroz dictadura, con presos políticos en las cárceles, sin libertad de expresión y con una gran parte del pueblo pasando todo tipo de penalidades? Háganse todas las salvedades que sean necesarias, desde el famoso imperialismo yanqui y el bloqueo hasta la propia situación de los países latinoamericanos, donde las desigualdades y la injusticia social alcanzan niveles que resultan hasta difíciles de comprender en Europa. Pero con eso y con todo, el régimen cubano era desde hace muchos años una triste y dramática parodia de sí mismo. Y sin embargo, la misma izquierda perdonavidas hacia la Iglesia católica y que trata de hacer ver que no ha evolucionado y sigue anclada en los tiempos de la Inquisición, se resiste a reconocer su respaldo a una dictadura infame, a romper cualquier lazo que todavía le une con el comunismo decadente y despide a Fidel Castro como a un héroe revolucionario, como si aún estuviéramos en 1959 y no hubiera ocurrido todo lo que vino después. La utopía marxista le ha costado a la humanidad millones de muertos, de encarcelados, de desplazados, de torturados, en nombre de un ideal que no era más que una trampa mortal. Y aún siguen levantando el puño y entonando La Internacional como si no hubiera pasado nada, exigiendo responsabilidades a los demás, sin ser ellos capaces de asumir ninguna culpa ni de pedir perdón.