Las Provincias

Rita Barberá

Ya se han marchado todos. Fidel Castro se los ha llevado a la otra parte del mundo. Terminó el acoso de cámaras en el portal. Y en la peluquería. Y en misa. Ahora intentaré alzar la voz y quizá ser oído, si es que el dolor me permite enhebrar lo que siento en sujeto, verbo y predicado. Me ahogo. Podría escribir un libro sobre el talento de Rita Barberá y, sin embargo, me cuesta redactar esta breve columna con motivo de su final. Nunca imaginé verme en semejante circunstancia. No, no acepto que Rita se haya ido, me cuesta creerlo. El miércoles pasado, cuando se consumó la tragedia, llamaron de casi todos los medios nacionales pidiendo un artículo o declaraciones como contribución al espectáculo. Descarté lo uno y lo otro. Me limité a poner un tuit en plan acuse de recibo para la muerte. Si tengo algo que contar lo haré en mi periódico el martes, el día que toca, respondí. Si tengo algo que contar., pero no lo tengo. Sólo me nace llorar. Con rabia, pena, remordimiento, gratitud. Llorar en silencio. Nada que añadir a lo que Rita dejó sentado con su forma descarnada de morir. Quien así no se sepa enviado con razón a la mierda es que carece de entrañas o de inteligencia para entender.

Verla contar escaños vacíos a su alrededor en el Senado, tal que una huérfana jugando sola, diez, once, doce, o escucharla llamar con voz de niña la atención de amigos que como tantos eludieron saludarla en el Congreso fue suficiente. No haré más preguntas, señoría. Durante años la rodeamos aduladores, mamones, cortesanos, periodistas y compañeros de partido, pero el corazón se le paró abandonada en la habitación anónima de un hotel lejano. Ni siquiera al Toro de la Vega, al que se persigue como a Rita (una metáfora, enemigos, respirad), se le consiente ya desplomarse a los pies de la multitud. Ante todas las televisiones en directo, sacaron su cadáver por la puerta de servicio, envuelto en una sábana, sujeto por unas cinchas negras. Faltó entonces un Marco Antonio que señalando las puñaladas proclamase aquello tan inculpatorio de: «Los que han consumado esta acción son hombres dignos».

¿Quién me presta una escalera? No puedo cantar ni quiero a esa Rita crucificada sino a la que recuperó la mar. Y el orgullo de ser de mi ciudad. Basta de tanta Rita muerta en boca de los que la abocaron al calvario, los valencianos la recordaremos viva. Rita en la cabalgata de Reyes, en fallas, en el mercado, entre la gente. Miro las fotos y se me saltan las lágrimas. No nacerá otra igual en mucho tiempo. Mi maestra.

Antes de ella nadie sabía quién era el alcalde de Valencia. Rita hizo política nacional sin salir de casa, eso es poder valenciano y lo demás gaitas. Sin embargo, una noche se lo dije: Alcaldesa, saluda a la tristeza, ha venido con estos señores de la inquisición para quedarse con nosotros. Le dio risa. Dios te salve, María.