Las Provincias

Una muerte para la convivencia, el respeto y la humanidad

La muerte de Rita Barberá habrá sido su eterno descanso, pero no puede ser nuestro descanso actual, nos será negado si no efectuamos una seria reflexión sobre tamaño acontecimiento. Voy a tomar unas notas de parlamentos expuestos en estos días. Yo no me atrevería a señalar lo expresado por Paco Vázquez, alcalde socialista de la Coruña durante años, afirmando que ha sido un asesinato civil, ni sé siquiera -aunque se remite a hechos- si ha hecho bien Aznar al asegurar que se pierde a una valenciana que trabajó más de treinta años por su tierra y por España, y como es otro hecho, el lamento de que Rita Barberá haya muerto siendo excluida del partido al que dedicó su vida.

Es deplorable la actitud de Cristina Cifuentes exigiendo que se fuera de todas partes, cuando probablemente la que sobra es ella, por la deriva inducida a su partido en Madrid. Me parece que sus planes y leyes no son votables por los creyentes madrileños. Baste pensar en las basadas en la ideología de género para la que hizo aprobar una de las leyes más duras de este tipo que «genera una profunda inseguridad jurídica y representa una eventual amenaza para las libertades, indigna de un Estado de Derecho». Organizaciones civiles, sociales y educativas englobadas en la Plataforma por las libertades han enviado un escrito al Defensor del Pueblo para que se presente un recurso de inconstitucionalidad contra otra perla de Cifuentes: la Ley LGTBI con sus imposiciones a los colegios.

¿Es esa la deriva del PP? ¿Cómo se conjuga con el ministro de Justicia al declarar que siente que en los últimos meses Barberá haya sufrido tanta crítica injustificada y se hayan dicho tantas barbaridades que cada uno tendrá sobre su conciencia? Sólo fue defendida públicamente por María Dolores de Cospedal, un tanto profética al expresar que no pararían hasta matarla de un infarto. ¡Qué distinta la actitud de la familia de Rita! En el rosario y la misa que el pueblo valenciano ofreció por su alcaldesa. Presidió el cardenal Cañizares con acertadas y medidas palabras. El pueblo, su pueblo, abarrotó la Catedral en sus pasillos y exteriores. Y al final, Totón Barberá -hermana de Rita- dio las gracias y afirmó que el único juicio que importa es el del Altísimo. Los asistentes aplaudieron durante más de tres minutos.

Personalmente fui invitado por la familia a concelebrar con el Cardenal y tres sacerdotes más en el funeral de la familia al que asistió el presidente del Gobierno, la presidenta de las Cortes, Cospedal, Villalobos y quizá alguno más. Los lugares preferentes estaban reservados para la familia. Y ésta exhibió un buen hacer, que marca ese sendero arduo, pero posible, del respeto, la convivencia y la humanidad. Intervinieron un montón de sobrinos, por ejemplo, haciendo las oraciones de los fieles uno a uno: ninguna referencia contra nadie. Al final, una sobrina leyó una carta a su tía en la que sólo esbozó el acoso que sufrió. Y luego se aplaudió a Rita, durante muchos minutos. Se había proclamado el Evangelio de las Bienaventuranzas y el cardenal hizo una breve alusión a los perseguidos por causa de la justicia.

Esta muerte no puede caer en saco roto. Entresaco de unas palabras hechas anónimas por las vueltas dadas de unos a otros: Hoy. Al cierre, sólo tengo luto y tristeza. Hoy se me murió una amiga. Hoy murió una gran española y una gran valenciana. Hoy murió una gran alcaldesa de mi pueblo. Rita fue la mejor alcaldesa de Valencia de largo, mejor que Carlos III para Madrid. Desatascó el inmovilismo paleto en el que estaba sumida la capital del Turia. Y la hizo despegar. Hizo que los valencianos nos sintiéramos orgullosos de nuestra capital. Estuvo en las tradiciones puramente valencianas. Tenía un corazón tan grande que no le cabía en el pecho, y ese corazón no soportó el linchamiento injusto al que le sometió una sociedad desquiciada. una parte de la sociedad intoxicada, que la trató como a una delincuente. Hace tiempo que perdimos la presunción de inocencia.

En esa misma nota se afirma que se impone una reflexión, a la vez que dice a Rita: ya está en la Luz, donde no tiene cabida el rencor ni el odio, que se acuerde de los valencianos. Se impone la meditación moral de qué resta del hombre alejado de Dios; pero también del que cierra sus puertas al alejado. Se impone la reflexión de que es posible la convivencia con todos, sin dedicarnos a reproducir las dos Españas o las que sean. Se impone el respeto por el contendiente político aunque se tengan ideas antagónicas. La falta de respeto nunca se justifica. Y se impone, pienso que de modo importante, el ser verdaderamente humanos, la humanidad por encima de todo. Propiciar, aunque se haga de modo indirecto, un deceso de este calibre es inmoral tanto puesto como condición para un pacto como la aceptación del mismo.

Hay aquí asuntos que cuento por lo que cuentan, pero que no son míos en cuanto sacerdote. Tal vez en cuanto amigo que ha vivido una parte del drama y ha visto el admirable comportamiento de una familia ejemplar.