Las Provincias

Fallas de la Humanidad

Pocas veces una candidatura a un reconocimiento internacional ha estado tan fundamentada y resulta tan merecida como la de las Fallas de Valencia a Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. A falta de la resolución que esta semana se adopte en la reunión que celebra la Unesco en Etiopía, y con el optimismo contenido hasta que se haga oficial el dictamen del citado organismo, la fiesta valenciana presenta todos los avales que precisa para alzarse con la ansiada distinción, que supondría un espaldarazo a una de las señas de identidad valenciana. Porque, en efecto, la fiesta valenciana reúne todas las condiciones para obtener esta especie de premio, desde la creatividad hasta la participación popular, desde el ingenio que es una de las características del monumento hasta la presencia de facetas artísticas como el modelado y la pintura de los ninots, las creaciones singulares en el alumbrado y la decoración de las calles, la música de las bandas, los vestidos de las falleras o el manto de la Virgen en la Ofrenda. Las Fallas son todo eso y mucho más, son una sátira inteligente de la sociedad y, al mismo tiempo, un divertimento, la expresión gozosa de un pueblo barroco y mediterráneo que esos días convierte toda la ciudad en un escenario lúdico. Con partidarios y detractores, que también los hay y deben ser respetados, lo que nadie discute es el carácter singular de la fiesta, su excepcionalidad, su capacidad para atraer e impresionar al visitante que por primera vez contempla el espectáculo de la Valencia encendida en la noche del 19 de marzo, el rito del fuego que todo lo consume y todo lo explica. Las Fallas son, por derecho propio, candidatas con todos los merecimientos a Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, porque siendo valencianas y de los valencianos desde hace muchos años se abrieron al mundo en una conquista que ahora tan sólo debe ser ratificada por un organismo internacional.