Las Provincias

BAILAR BAJO LA LLUVIA

Puede que «la lluvia en Sevilla sea una maravilla», como parafraseó Henry Higgins en My Fair Lady para enseñar a hablar como una dama de la alta sociedad a la florista Eliza Doolittle. Pero en Valencia no. Aquí lo arrasa todo. Esta ciudad no sabe llover. Hasta algo tan sagrado e inamovible en este país como es el fútbol termina viéndose afectado. ¿Cómo es posible? Mientras en otros lugares chorrea o nieva sin grandes incidencias, aquí parece organizarse el fin del mundo. No debería ser así. El Levante invierte periódicamente y de manera regular cantidades económicas importantes en la remodelación del Estadio. Reforzó las vigas del graderío que sufrían desgaste, modernizó marcador, vestuarios, oficinas, tienda y lavabos. Ha renovado sillas, pintado vallas y exteriores, cambió el césped y este verano impermeabilizó las gradas del Ciutat de València. También el drenaje del césped es relativamente nuevo, de 2012.

Hasta ahora había aguantado bien. Por ejemplo el 11 de noviembre de 2012 llovió a raudales en un Levante-Real Madrid pero, en cuanto cesó, el drenaje hizo su trabajo. Poco antes, el 20 de septiembre, cayó una tromba espectacular en el debut en la Europa League frente a los suecos del Helsingborgs IF y el césped cumplió. Lejos quedaba entonces el aplazamiento de la vuelta de Copa frente al Atleti en noviembre de 2006 o aquella otra imagen vergonzosa (dio la vuelta al mundo) de la suspensión del España-Escocia en septiembre de 2004 mediada la segunda parte. Creíamos que nunca más volveríamos a ver algo así en nuestra casa. Hasta este domingo. Porque una cosa es que seamos granotas y otra que, en determinadas circunstancias, estemos obligados a branquear para acceder o abandonar el Estadio padeciendo auténticas dificultades. El Ayuntamiento mira hacia otro lado, obsesionado solo con recaudar más y apropiarse del parking, pero abandonando a su suerte los alrededores de Orriols con una alarmante dejadez y falta de previsión. En el interior del recinto volvieron de nuevo a inundarse las zonas interiores, pese a la impermeabilización. Llovió mucho y no cabía otra que aplazar el encuentro, cierto, pero a las 19.45 tampoco llevaba tanto tiempo jarreando como para padecer esas estrecheces. Al margen de diluvios puntuales, basta que caigan cuatro gotas para que haya zonas de tribuna donde los socios se vean obligados a buscar cobijo en otras localidades por las filtraciones de la cubierta.

Otra tormenta, la del Frog y sus intenciones de utilizar a José Luis López como títere para aumentar su peso en la sociedad anónima, ha sido capeada por la comisión ejecutiva de la Fundación sin apenas mojarse. A los minoritarios no les queda más que asumir, como dice el refrán, que «la vida no es esperar a que pase la tormenta, es aprender a bailar bajo la lluvia».