Las Provincias

LA REVOLUCIÓN DE LOS ROBOTS

El ordenador manda. «Perdone, pero el que manda es el ordenador, no yo». La semana pasada, el empleado de un banco le hizo ese comentario a una señora que se mostraba quejosa por los datos sobre su cuenta reflejados en la pequeña pantalla. Me encontraba yo a dos metros de ellos. Estuve a punto de intervenir. Menos mal que no lo hice. Hubiera dicho: «Las máquinas no mandan sobre nosotros, somos nosotros los que mandamos sobre ellas». Una filosofía muy humanista, muy fina. Pero ya fuera de juego. Mi conclusión -pronto rectificada mentalmente- habría sido ingenua.

Cajeros automáticos. Pensé en los cajeros automáticos. ¿Se han equivocado alguna vez al darme el dinero que les pido? Nunca. Los cajeros humanos sí. Las máquinas hacen su trabajo de modo impecable. De hecho, si en una futura ocasión saco de mi cuenta 40 euros, tecleo bien la cantidad y el cajero automático me entrega tres billetes de 20 euros en vez de dos, me llevaría tal sorpresa que no sabría qué hacer.

Mala conciencia. El problema moral sería interesante. ¿Me quedaría con los 20 euros extra? No, habría tenido mala conciencia. Creo que vencería mi naturaleza periodística: le contaría el maravilloso acontecimiento a mi colega de Economía, o a los compañeros que informan sobre los sucesos de la ciudad. «¡Un cajero automático se ha equivocado a mi favor!», clamaría alborozado en medio de la redacción de LAS PROVINCIAS. Podría ser noticia de primera.

No hay quien lo pare. Acabo de terminar de leer 'La imparable marcha de los robots' (Alianza, 2016), del escritor, polítologo y periodista Andrés Ortega (Madrid, 1954). Sus conclusiones son de doble filo. «De lo que no hay duda es de que esto no hay quien lo pare», asegura el autor. «La revolución en marcha está cambiando no solo las relaciones del ser humano con las máquinas que ha inventado, sino también entre las propias máquinas -cada vez más autónomas y que crecientemente se van a inventar a sí mismas- y entre los propios seres humanos».

Reverso amargo. Nos asomamos a un mundo fascinante pero que tiene su reverso amargo: las máquinas destruyen más empleos de los que generan. Dicen los expertos que vamos a vivir una transformación profunda de nuestros sistemas sociales, culturales, económicos y políticos. Conviene que nos vayamos preparando psicológicamente para estos cambios vertiginosos.

Predicción. Con la inteligencia de los robots cada vez más potente, nuestra manera de vivir evoluciona de forma acelerada. Móviles, redes sociales, sistemas informáticos, edificios inteligentes, coches sin conductor, cuartos de baño en los que se apaga la luz cuando a las máquinas les da la gana y no cuando lo decide el usuario. La automatización en el área doméstica crece a gran velocidad. «En 2014 se vendieron en el mundo 4.7 millones -un 28% más que el año anterior- de robots para servicios personales y en el hogar. Para 2015-2016 se prevé un aumento aún más significativo».

Amistad y sexo. Acabaremos teniendo como amigo perfecto a un robot, programado para ser capaz de callarse en las discursiones aunque tenga razón él y no nosotros. «Si los robots se crean para satisfacer nuestras necesidades ¿encajarían ahí también las sexuales?», pregunta Anna Martí, editora senior de la web tecnológica Xataca. Esa alternativa no es todavía una realidad. Pero ya se está trabajando en 'la robótica del placer', como la define el informático Javier Pastor. «Los compañeros robóticos para el sexo se convertirán en algo común, aunque esto provoque repugnancia y división de opiniones», comenta Pastor.

Esclavas. El progreso de estas máquinas es imparable. «En algunos aspectos serán aún más inteligentes que los humanos», augura Ortega. El médico británico Havelock Ellis predijo en 1922 que la tarea más grande para la civilización «es hacer de las máquinas lo que deben ser, esclavas de nosotros y no nosotros de ellas».

Situación de apuro. Ha pasado casi un siglo desde que Ellis augurase esa exigencia. Ahora nos encontramos en una situación de apuro. «El que manda es el ordenador, no yo», como reconocía, sin rebelarse, de manera sumisa, el empleado de un banco de la calle Blasco Ibáñez de Mislata.