Las Provincias

SI LLUEVE, CUBRAN LOS CAMPOS

Acude un importante exportador valenciano de cítricos a reunirse con los responsables de compras de frutas y hortalizas de una acreditada cadena europea de supermercados. Buenos clientes y desde hace lustros. Relaciones firmes, serias, sin apenas problemas, con confianza mutua, sólo pequeñas discrepancias comerciales de vez en cuando; lo normal en estos casos.

No obstante aparece esta vez un pequeño problema en perspectiva: han cambiado al jefe del departamento, y con él han sido sustituidas algunas personas del el equipo. Algo habitual en este tipo de compañías: tienen por costumbre resituar a los jefes de compras, cambiándolos de sección al cabo de pocos años.

El problema estriba en estos casos en que los nuevos que llegan suelen ser bastante neófitos en el conocimiento de las peculiaridades técnicas de las frutas y todo lo que rodea su producción, más aún de naranjas y clementinas, que les pillan más lejos. Saben mucho de números y sistemas, son expertos en asegurar rentabilidades por metro cuadrado, que es lo que de verdad le interesa a su empresa, y en consecuencia exigen y aprietan a los proveedores, que se ven obligados a ser prolijos en explicaciones desde el principio, armándose además de mucha paciencia.

La reunión tiene por objeto planificar el inicio de la temporada. Lo habitual en estos casos: cuándo empezar con tal o cual variedad, qué perspectivas de cantidades en cada semana, cuándo convendrá plantear ofertas, qué cosecha se prevé, cómo evoluciona todo, etc.

En un momento dado, el jefe de compras insiste en que se debería prolongar la campaña de tal variedad; tiene aceptación y considera que sería lo más acertado tenerla más meses en los lineales.

El exportador, que va armado de mucho temple porque sabe lo que se juega, ha de aclarar que para tales fechas no es posible contar con la variedad de la que hablan, pero no solamente de su oferta valenciana-española, sino tampoco del hemisferio sur. «¿Cómo es posible -le pregunta el alto responsable de compras-, que los árboles no dan frutos todo el año?» Y el exportador valenciano le tiene que explicar que no, por supuesto; que si por él fuera..., pero la realidad es la que es, y la naturaleza manda; no hablamos de máquinas, sino de plantas.

Las contrariedades no acaban ahí. Sigue la reunión. Se fijan calendarios, quieren concretar cuántos camiones en tal o cual semana, adelantar cargamentos a determinadas fechas para salvar fiestas y puentes.... Y en ese momento el exportador advierte que, vale, sí, pero siempre que no llueva, porque la lluvia obliga a paralizar la recolección. Sus interlocutores ponen caras de sorpresa. Se extrañan. ¿Acaso es que no querrá vender más?, ¿por qué pondrá problemas este hombre?, ¿qué tendrá que ver la lluvia para que las fábricas de coches no dejen de poner nuevos modelos en las calles? El jefe de compras le inquiere: «¿Por qué resuelven el problema cubriendo los campos con grandes toldos o invernaderos?» Y el comerciante valenciano, armado de toda la paciencia pero con leve tono de picardía, se acuerda de que en aquella ciudad centroeuropea ha visto grandes nevadas, y repregunta: «¿Sería posible que cubrieran ustedes las calles para evitar los habituales problemas que crea la nieve?»