Las Provincias

LA JEFA

Ni el halago empalagoso ni la crítica cruel, despiadada y mezquina. Los días posteriores a la muerte de Rita Barberá han de servir a todos para realizar un ejercicio de moderación, pese a que algunos han preferido situarse en los extremos. Tiempo tendrán los historiadores para juzgar sus 24 años de gestión al frente de Valencia.

El comportamiento del Ayuntamiento fue exquisito desde que se conoció el fallecimiento de la alcaldesa (sé que no fue su último cargo, pero me niego a llamarla exalcaldesa en este artículo). Las banderas arriadas a media asta y la oferta del alcalde Joan Ribó a la familia para convertir el Salón de Cristales en una capilla ardiente. Impecable en contraste con las tácticas utilizadas años atrás por Compromís y sus acólitos para ensuciar la imagen de Barberá.

El fallo estuvo el viernes a la hora de esquivar una pregunta sobre el reconocimiento de la ciudad a la alcaldesa. Es obvio que la petición de una calle ha de seguir unos trámites, pero también que el tripartito podía haber dado más calor y cariño a la propuesta vecinal. Pese a lo que algún fiel gregario consideró después como una hábil respuesta de Ribó, para mí fue bastante torpe e incluso contradictoria con su comportamiento anterior.

La propuesta de rotular una calle con el nombre de Rita Barberá llegará esta semana al Ayuntamiento. En las redes sociales se ha movido una recogida de firmas a favor y dos en contra, estas últimas bastante torpes al atribuirle responsabilidades en el accidente del metro donde murieron 43 personas o en el cierre de RTVV, hechos en los que no tuvo nada que ver. El ventilador de la basura tiene esas consecuencias, que la verdad es lo que menos importa.

La mezquindad ha empezado a aflorar por las bocas de alcantarilla y esto es sólo el principio de la campaña que se avecina sobre su figura pública. Me avergüenzan todas esas cosas, igual que algunas declaraciones a su favor de dirigentes del PP que hasta hace cuatro días le negaban el saludo en los pasillos del Senado y los restaurantes de Madrid.

El respeto a su recuerdo debe estar en el centro de todo, para después analizar con frialdad lo que ocurrió durante su gestión. Y lo primero que debe tenerse en cuenta es que logró cinco mayorías absolutas y ganó ampliamente a todos sus rivales. Por cierto, lo mismo que perdió frente a la socialista Clementina Ródenas en 1991 hay que recordar que ganó a Joan Ribó en 2015, cuando ya tenía todo en contra, incluso a los suyos.

Ganó en todos los distritos en cada uno de los comicios y quiero precisar que lo mismo pasó en el Cabanyal, donde la plataforma Salvem el Cabanyal emitió esta semana un inoportuno comunicado sobre el "dolor y sufrimiento" provocado por la alcaldesa a muchos vecinos. Para dolor, el que sintieron los que otorgaron la mayoría en el barrio en todas las urnas al PP sin conseguir desbloquear el plan urbanístico con la fuerza de los votos.

Y ahí creo que estuvo una de las claves por las que Barberá no pudo disfrutar los últimos años del reconocimiento necesario y acabó escondida tras las cortinas de su ventana. Cuando Rajoy gana las elecciones y se constata que no hay interés del Gobierno en los temas de Valencia, como ocurrió con la prolongación de Blasco Ibáñez, la alcaldesa debería haber puesto fin a una época y cedido el puesto el pasado año a otro candidato.

Mayrén Beneyto ha dicho que Rajoy le pidió seguir en 2015. A Barberá le pudo la fidelidad a un partido que no le había respondido. Ahí está la estación Central, a día de hoy una quimera, o la enorme deuda de la Marina generada en la época de Zapatero. La negativa a resolver ambas cuestiones debía haber provocado en la alcaldesa la decisión de marcharse, pero decidió inmolarse en unas elecciones que le quitaron la mitad de los concejales.

Pero no debemos quedarnos con la última etapa de una carrera de tres décadas. Barberá cogió el timón de una ciudad inacabada, pergeñada por el PSPV sobre unos planos, y supo acabarla para colocarla en el mapa de Europa. Quien niegue eso no sabe mirar más allá de los insultos en internet salidos de cuentas falsas pagadas con dinero de partidos y de humoristas animados las risas de muchos de los que ahora gobiernan.

El firmante tuvo el privilegio de acompañarla en numerosas visitas a los barrios, a pie de calle para escuchar lo que querían contarle los vecinos. Y también he estado en primera fila observando los cambios de la ciudad. ¿Errores? Por supuesto, nadie es perfecto, pero la jefa se merece el reconocimiento.