Las Provincias

EL DIFUNTO ES UN VIVO

El exilio de Miami está celebrando anticipadamente el Año Nuevo con bengalas y brindis. Son ya tres las generaciones de cubanos a los que la Historia ha obligado a ejercer ese pésimo gusto de festejar el fallecimiento de alguien, aunque ese alguien no fuese un cualquiera. Los epitafios son muy distintos. Desde el piadoso y obligatorio del Papa Francisco, al cruelmente detallado de Trump, que ha afirmado que el opresor de Cuba deja un legado de robo y sufrimientos. Los más neutrales, porque les ha pillado más lejos, dicen lo de siempre: que le juzgue Dios y la Historia, como si alguno de esos dos presuntos jueces tuviera tiempo para meterse en esas cosas.

Morirse a los 90 años impide ser un malogrado, aunque el mal encuentre a mucha gente procurando favorecer a otra. Los duelos, con Castro eran menos, pero ahora se ha acelerado el momento decisivo para la democracia cubana y para las inevitables y convenientes relaciones con Estados Unidos. Se acabaron los tiempos en que los líderes iban por el monte solos. El último combatiente de la Guerra Fría deja una herencia bastante más templada. Ya nadie habla de 'Patria o muerte', que fue el eslogan que Fidel plagió a Garibaldi, porque todos saben que ambas cosas pueden ser compatibles. A lo que se aspira hora es a seguir viviendo, ya que la vida, buena o mala, siempre es vida. O sea, algo que sucede únicamente mientras estamos vivos.

Hay que fiarse de la Virgen de la Cueva, que ha salido de su celeste guarida para que digamos eso de «llueve como nunca» y olvidemos que llueve como siempre. Descubrió Borges que la preciosa lluvia es algo que sucede siempre en el pasado. Los que nos aproximamos a la redonda edad en la que ha muerto Fidel la oímos como quien oye llover. Los «grandes hombres» se igualarán con nosotros, los medianos y los más chicos. Todos hemos venido a pasar una temporada en este planeta de tiempo variable.