Las Provincias

Pasado y futuro

La mitología romana tiene un personaje que, curiosamente, no halla precedente en el mismo ámbito griego, según creo: se trata del dios Jano, investido por Saturno de la singular capacidad de conocer el pasado y el futuro, por lo cual se le representa con caracteres bifrontes, de modo que uno de sus rostros mira y conoce el pasado, mientras que la otra cara atisba y es capaz de adivinar el futuro. Los seres humanos, más prosaicos, sólo estamos dotados para recordar el pasado, sea individual o comunitariamente, mientras que el mañana, eso que llamamos futuro en una dimensión que desborda lo puramente personal, se nos ofrece como un misterio insondable.

Incluso, desde la perspectiva puramente particular, a veces el propio pasado se nos presenta como algo nebuloso y en ocasiones lo rememoramos como un elemento en parte recreado, en una disposición que tiende a olvidar lo negativo y a evocar con ímpetu los sucesos positivos de nuestra vida, actitud huidiza que es más compleja cuando de lo que se trata es de rememorar nuestro ayer colectivo, porque a eso le llamamos hacer historia y entonces nos adentramos en una actividad científica que tiene sus propias reglas, que no permiten ni las sustracciones de la memoria ni las recreaciones a placer.

Vivimos en nuestra vida pública unos comportamientos, de momento minoritarios, que llevan a idealizar determinadas etapas históricas nuestras y a denostar otras. Jano conoce el pasado y el futuro, pero nosotros sólo podemos atentar malamente a recordar lo pretérito. Se evalúa como una etapa gloriosa nuestra última experiencia republicana, mientras que se intenta inhumar como un proceso fallido o frustrado la etapa de la última transición política de los años setenta. Este ejercicio suele ser protagonizado por quienes tienen escaso conocimiento de aquellos años treinta, de los que yo, sin soberbia alguna, me doy por buen conocedor, los añorados -por ellos- años republicanos en los que la vida política española se llenó de rencores, de odios, de incapacidad de diálogo, cuyo epítome más sintético lo hallamos en el famoso discurso de Azaña, pronunciado en el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938, en el que este político, ya atravesado de amarguras y alejado de pasadas soberbias, volvía a pedir para la vida nacional paz, piedad y perdón, tres actitudes y aptitudes humanas de las que había estado ayuna la dinámica social y política republicana. Seguramente, ya era tarde para deshacer los yerros en los que había incurrido una clase política presidida en su actuación por el odio y el rechazo del oponente.

Por el contrario, quienes en los años setenta, por razón de nuestra edad, participamos de un modo u otro en el proceso de transición de la dictadura franquista hasta la democracia, fuéramos hijos de unas familias más derechistas o izquierdistas, éramos testigos del constante relato en nuestras casas de los males de la pérdida de una ocasión única, como fue la IIª República, para articular en España un sistema político de diálogo, modernización y progreso, y por ello en cada comida o cena familiares nos advertían de los peligros de asentar el odio como motor de la vida pública, nos incitaban a un cambio de actitud generacional en el cual el perdón no era amnesia, sino voluntad expresa y libre de superar diferencias y de hallar vías de reencuentro. En esas sobremesas familiares, llenas de recuerdos y de vicisitudes trágicas vividas hacía años en cada familia, aprendimos que el perdón y la misericordia no eran comportamientos pusilánimes, sino el único camino para construir una España habitable por todos, los de aquí y los de allá.

Nos enseñaban padres y abuelos que el mayor error en el que puede desembocar el debate político es el de confundir al adversario con un enemigo, pues esta actitud acaba deseando la aniquilación del contrario y no el encuentro con él. Por ello mismo, quienes vivimos aquellos años, mayores y jóvenes, nos acostumbramos a contemplar con sorpresa, pero sin asombro, que Fraga presentara una conferencia de Carrillo en el Club Siglo XXI de Madrid, o que Felipe González en un receso de la Cámara ofreciera amablemente fuego a Suárez para encender uno de los innumerables cigarrillos que diariamente devoraba.

Poco a poco en los pueblos y ciudades de España los rencores históricos se iban difuminando en una nueva e inédita actitud de concordia, sin que nos hiciera falta ninguna maldita ley de memoria histórica que removiera las tumbas ya plenamente cerradas, ni pretendiera exhumar los huesos totalmente deshechos por el paso inmisericorde del tiempo, y por todo ello fuimos capaces, cada uno en su fuero interno y la comunidad política en su conjunto, de construir el periodo más largo de convivencia cívica que recuerda nuestra historia colectiva.

Dos actitudes bien distintas, la de los años treinta y la que vivimos en los setenta y ochenta. Dos comportamientos muy diferentes de los medios de comunicación: basta recorrer las hemerotecas, para comprobar unas cabeceras republicanas -de uno u otro lado- que clamaban día a día a favor del conflicto social, y sumergirse en los editoriales o artículos de opinión de los años de la transición, para constatar una general e inequívoca voluntad de construir, de entenderse, de superar atávicas dinámicas de enfrentamiento.

No somos Jano, el dios romano. Apenas somos capaces de saber y entender nuestro pasado, y mucho menos de poder siquiera vislumbrar nuestro futuro, pero las canas que ornan las cabezas de algunos de nosotros nos avisan de que vivimos en una etapa en la que algunos, espero que no muchos, desean que el odio, la intransigencia y la descalificación del contrario vuelvan a ser las normas que rijan nuestra vida como pueblo. Sin ser Jano, la apariencia de ese posible futuro me da verdadero horror e, increíblemente, vuelven a mi cabeza unas palabras necesarias, pero que yo creía extemporáneas, las de paz, piedad y perdón que pronunció Azaña en su citado discurso.