Las Provincias

Muere el dictador

La muerte de Fidel Castro a los 90 años llega cuando Cuba está inmersa en un proceso de cambio que formalmente no existe (el país es oficialmente un «Estado socialista de Trabajadores» y el PC «la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado») y fatalmente llamada a un cambio de naturaleza prodemocrática. Es una ironía que Rusia, su gran socio comercial y aliado político, ya no sea un estado comunista y siga siéndolo una lejana isla del Caribe que el presidente Obama visitó en marzo tras haber restablecido plenas relaciones diplomáticas ambas partes ocho meses antes. Fidel Castro no figuró para nada en estos eventos: era un jubilado desde que en agosto de 2006 renunció a la presidencia del Consejo de Estado y la jefatura de las Fuerzas Armadas. El tópico de que con su muerte termina un ciclo histórico parece aquí del todo cierto, pues el hombre que acabó con la dictadura del general Batista en 1959, resistió el desafío militar y político y creó el régimen aún vigente, supo sobrevivir al asedio y, mal que bien, llegó al día de hoy, cuando un sistema de partido único y una cantinela revolucionaria suenan inmanejables en un escenario internacional de intercambios, interacciones, comunicación y libertad. Sus adversarios le tildan hace años de dinosaurio por no llamarle anciano testarudo y no se ofende su memoria si se le atribuye como actor principal la situación de Cuba que, en realidad, sortea hábilmente sus propias limitaciones, hijas de una testarudez que se aviene mal con los tiempos de expansión imparable de la democracia. Su actitud, tan poco convencional, y sus modos de gobernar, voluntaristas y directos, le mantuvieron en el candelero durante décadas, pero su fina intuición no valoró la caída del imperio soviético como suficiente para inducir un cambio en su visión. La dictadura cubana sobrevivió durante años gracias a los fondos que recibió de la URSS. Y su modelo de gobierno terminó convertido en una dictadura familiar, heredada por su propio hermano, sin opción de que los cubanos pudieran pronunciarse porque las elecciones siguen siendo un lujo prohibido para Cuba. Todo esto provee una imagen de un dirigente fuera de lo común que ha muerto en la cama y de viejo. Su sucesor, Raúl, tenido por más realista y sensato, parece algo más dispuesto a entregar las riendas y cancelar un período histórico de Cuba, concluir este larguísimo viaje de 57 años que solo puede terminar en una democracia digna de ese nombre. Ojalá el pueblo cubano la disfrute lo antes posible, porque hasta la fecha no se le ha permitido.