Las Provincias

LA LEALTAD DE IRANZO

El día de ayer fue raro. Primer desplazamiento sin Jorge Iranzo. Una salida huérfana de militancia, la más pura de todas. La expedición desplazada a Sevilla no contó con una de esas patas necesarias para que la costumbre otorgue la seguridad necesaria. El hall del hotel, de cualquier hotel ya no es lo mismo. Antes uno siempre sabía que llegaría el momento en el que las puertas automáticas se abrirían para que la figura del seguidor más leal a un sentimiento apareciera con ese optimismo innato que nunca iba por debajo del tresa cero. Siempre a favor. Siempre. Jorge Iranzo, que recibió la insignia de oro y brillantes del club. De ley. Merecida. Ayer nadie quedó al margen de su recuerdo.

Por la mañana, al meter la mano en uno de los bolsillos de la maleta del ordenador, saqué dos calendarios, dos de los calendarios de Jorge, de los de esta temporada, la del doblete. No sentí pena. Es más, no me vino un mal recuerdo a la cabeza. Sonreí. Optimista. Como él. Con la imagen en mi memoria de su recuerdo. De su lealtad, de su amor incondicional a un equipo con todos los kilómetros por delante que hicieran falta. Ayer, con su pañuelo al cuello, en la tarde plomiza de Sevilla, con el equipo en los bajos fondos de la tabla, seguro que hubiera apostado por la victoria. Rotunda. Aunque fuera Sevilla y enfrente estuviera un equipo más que difícil. Sin titubear ni un sólo instante en un optimismo a prueba de bombas. Esa fue la gran lección que nos dejó a todos Jorge. Por encima de modas. Sin subirse de un salto a la ola del éxito porque la pasión, también la que se profesa por un club de fútbol, se labra en aquellos momentos en los que hay que bucear para salir de debajo del agua.

Escribo la columna un par de horas antes del partido ante el Sevilla. En el hall de un hotel, en una sala de estar en la que seguro que estaría él. Sentado tranquilo. Pausado. Saliendo a la puerta a fumarse un cigarro de vez en cuando. Sereno, confiado en el triunfo del Valencia.

No sé qué va a pasar en el Pizjuán -cuando ustedes lean esta columna el partido habrá terminado hace horas- pero estoy convencido de que Jorge marcó el camino a seguir. No hay otro. Sólo la lealtad sin matices salvará al valencianismo. En cada hotel, en cada desplazamiento que tenga que venir, siempre alguien tendrá un recuerdo para Iranzo, siempre habrá una palabra para Jorge. Y esa historia pasará de aficionado a aficionado. Encadenada. Y formará parte de esas historias que quizás siempre habría que conocer. «Sabes, había una vez un gran tipo que acompañaba al Valencia allá donde jugaba, con su bufanda y su pañuelo, se llamaba Jorge, se llama Jorge...».