Las Provincias

Españoles al fin

La lectura de un ensayo del historiador Álvarez Junco sobre naciones y nacionalismos, desmitificador y por eso mismo muy recomendable contra las obsesiones identitarias, me permitía reflexionar tras la trágica muerte de Rita Barberá acerca de si más allá de la fijación concreta del concepto, de la delimitación exacta del momento en el que España vio la luz, no hay algo que de verdad nos une, nos hace a todos iguales, nos mete en un mismo saco, en un grupo grande y homogéneo, vascos, catalanes, andaluces, valencianos, castellanos, todos, sin caer en los viejos estereotipos manidos y más que superados, juntos pero, por supuesto, revueltos. Y si el elemento común no será, para nuestra desgracia, esa tendencia a la autodestrucción que nos persigue, nos atenaza y nos impulsa a linchamientos indiscriminados que sólo paran cuando el objeto de la lapidación, ya convenientemente humillado, deja de respirar e inclina la cabeza, para dar paso entonces a un funeral por todo lo alto y un entierro memorable y multitudinario. El inventor de Twitter seguramente estaba pensando en España y en los españoles cuando se le ocurrió la idea de una red social en la que con pocas palabras se pudieran expresar sentimientos, opiniones y pareceres, que en nuestro caso son resentimientos, mezquindades y ajustes de cuentas de mediocres y fracasados que no encuentran otro medio de dar rienda suelta a su manifiesta incapacidad por empatizar con el diferente que darle al teclado del móvil, la tablet o el ordenador mientras segregan bilis y rezuman odio por todos los poros de su cuerpo. Territorio diverso y plural, rico en lenguas y culturas, cuna de artistas más que de científicos o pensadores, bendecido por un clima benigno y por un suelo fértil, país turístico por excelencia, la España del siglo XXI es, sin embargo, un vulgar escaparate de las miserias humanas reflejadas cada día, cada hora, cada segundo, en el ejercicio de la acción política. Carente de cualquier grandeza y desprovista del mínimo sentido de Estado, ha quedado en manos de personajes que, salvo excepciones, no pasarían de actores de reparto en una de esas comedias norteamericanas que se estrenan poco antes de las vacaciones de verano y que están destinadas al público juvenil. Pero en la hora de la reflexión deberíamos ser capaces de analizar al menos si el pueblo al que sirve esa clase política es (somos) mejor que ellos o, a la postre, son tal para cual, españoles al fin, dotados todos de una especie de gen maligno que nos inhabilita para proyectos comunes, debates constructivos y propuestas sensatas y nos condena a arrastrarnos por lodazales donde parece que nos sentimos más a gusto. Qué más da si el origen de España hay que buscarlo en los visigodos, en los Reyes católicos o en la Constitución de Cádiz, lo que de verdad debería preocuparnos es un carácter, casi una condición, que si no rectificamos nos volverá a conducir al fracaso.