Las Provincias

El ejemplo de Havel

La democracia liberal no atraviesa su mejor momento en Europa y en Estados Unidos, por lo que es fácil caer en el pesimismo y buscar refugio en los cuarteles de invierno, a ver si escampa el temporal. Recomiendo a los que no se conforman con escuchar el eco de sus propios lamentos y combaten la pereza mental a la que lleva de forma inexorable el cinismo, la lectura de la biografía de Václav Havel que acaba de publicar Galaxia Gutenberg en nuestro país.

La firma nada menos que Michael Zantovsky, su amigo y camarada, asesor político, diplomático y portavoz del antiguo presidente checo. Havel, cuenta el autor, desafió a todas las convenciones de su tiempo. No entró en política para defender una ideología, sino algo más básico, que la vida tuviese algo de sentido gracias a que los individuos hiciesen frente a su responsabilidad individual. Con su original formulación «el poder de los que no tienen poder» movilizó a sus compatriotas hasta derribar el régimen comunista por medios pacíficos. Era un autor teatral metido a político casi contra su voluntad, celebrado y admirado, tímido, bondadoso y plagado de debilidades. Un mal orador, que utilizaba sus carencias y su modestia para inspirar a otros a prestarle su apoyo. No era nada televisivo, entre otras cosas porque esquivaba la cámara: cinco años en prisión le habían enseñado a no mirar a los ojos a sus carceleros.

Su célebre lema 'Vivir en la verdad' no partía de ninguna revelación superior, simplemente de reclamar la autenticidad y la decencia humana y de estar siempre a la búsqueda de la verdad. Así intentaba desmontar la ingeniería social de un Estado totalitario, que había confiscado todos los bienes de su familia y que le había impedido estudiar humanidades cuando tenía doce años. En 1994, convertido en presidente de la nueva democracia checa tuvo una intervención memorable en el Parlamento Europeo.

En vez de halagar a la Cámara para facilitar el ingreso de su país, reprochó que la Unión Europea no tenía suficiente alma ni sentido ético y que esta insensibilidad tecnocrática era un lastre para el proyecto común. Se preguntó entonces cómo justificar el sacrificio de cada uno por los ideales europeos. Al fin y al cabo, la Unión pertenece a los votantes y no al revés, y solo cuando se establece esta relación y se formula a largo plazo tiene sentido el ejercicio de la solidaridad.

De vuelta a Praga, Havel recorría en patinete el gigantesco castillo que le servía de residencia oficial y lamentaba no tener tiempo para terminar su última obra de teatro. Sus viajes a Alemania, Rusia y Estados Unidos abrieron una tiempo nuevo para Chequia y tendieron puentes entre el continente y las dos superpotencias.

La vida de Havel: un ejemplo que perfora el paso del tiempo y que hoy nos interpela.