Las Provincias

SÓLO QUEDA LA AFICIÓN

Resulta no sólo absurdo sino aburrido, ridículo y, lo peor de todo, terriblemente enojoso, seguir escuchando a los salvapatrias, los nuevos populistas que vienen a redimirnos de nuestros pecados y a llevarnos a la tierra prometida. No, no esperen milagros, no hay multimillonarios ni valencianos ni de fuera de Valencia que quieran quedarse el Valencia porque desde pequeñitos eran del club de Mestalla y vibraban con las hazañas de los hombres de blanco o de negro y blanco. Tampoco es cuestión de fiarlo todo a unos jugadores que ni sienten ni padecen, profesionales a los que no hay por qué llamar mercenarios, deportistas que van a la empresa que más les paga, igual da si son naturales de la provincia de Tucumán que de Torrent. Y aunque es cierto que la plantilla se ha confeccionado mal y que se han cometido errores imperdonables (desprenderse a la vez de Negredo y Alcácer), cada partido demuestra que no todo está en los nombres, que casi es lo mismo Vezo y Santos que Mangala y Garay, que el problema es más hondo, más profundo, que viene de lejos, que es como un virus que afecta a todo futbolista que aterriza en Manises, una especie de maldición que atenaza las piernas de hombres que antes de llegar a la avenida de Suecia o nada más marcharse saben lo que hacer con un balón, pero que cuando enfilan el túnel de vestuarios del coliseo valencianista se ven contagiados por una flojera agobiante. Mucho menos pondría todos mis ahorros en jugármela a que con otro entrenador saldremos esta vez sí, no vayan ensayando los nerviosets de turno el «Prandelli vete ya» porque ni con Cesare ni sin Cesare tienen mis males remedio, como no los tuvieron con Pako, ni con Neville, ni con Nuno... ¿Ninguno valía? Así que al final, descartado todo lo demás, lo único que queda es la afición, un Mestalla rugiente y vibrante que con esa verticalidad de sus graderíos casi única en España gane los partidos que los Parejo, Enzo, Nani y compañía no son capaces de sacar adelante. Pero para eso hace falta que la hinchada se deje de milongas, aparque odios y rencores, se enfunde la camiseta y acuda al estadio a animar. A punto de cumplir cien años, en manos de un empresario singapurés gracias al fracaso sucesivo y reiterado de los mandatarios valencianos, al Valencia CF lo mejor que le queda, su patrimonio más valioso, casi lo único, es su afición. Y en realidad es la tabla de salvación a la que va a tener que agarrarse para huir de la cola de la tabla y terminar como buenamente pueda una temporada gafada desde el minuto uno. Con decirles que ahora los mejores fines de semana son esos en los que como juega la selección española no hay jornada de Liga en primera división. Así, al menos, sabes que tu equipo no pierde.