Las Provincias

DESFILE DE HIPÓCRITAS

No se sabe quiénes están más compungidos, si son aquellos que lloran o los que propiciaron el llanto. Ahora todo son condolencias, pero habría que averiguar la calidad de las lágrimas porque unas son de cocodrilo y otras de esos bichos, aún más raros, que se parecen a ellos porque navegan en las mismas ciénagas. El funeral de la señora Barberá se ha convertido en un baile de disfraces. Unos lloraban de verdad, como el Cid cuando divisó los huertos de Valencia, y otros procuraban que los retratasen mientras enjugaban una lágrima que no les salía por su propio impulso. La exequias se han mudado en disculpas. Los vicesecretarios se defienden diciendo que los puso el presidente «por coherencia» y porque era lo mejor para el PP, presionado por Ciudadanos, y en los ratos libres hablan de «linchamiento exterior» y de las hienas que siguen mordiéndoles. Los únicos que tiene razón son los que no tienen que justificar su llanto. Saben que la etiología de su mal y la causa de eso que se llama «el fatal desenlace». Su familia y la gente que la quería tiene claro de qué ha muerto doña Rita: ha muerto de pena.

El Rey recuerda su figura y se suma al duelo. Rajoy le ha dado su último adiós y ha dicho que fue un gran honor ser amigo de una persona así, pero a los que de verdad ha mutilado su ausencia es a los que la querían, no por ser la emperatriz de la Albufera, sino por ser ella, o sea, una de esas pocas personas que elegimos como hermanos en nuestra corta estancia en este mundo donde la hermandad no existe. ¿Se puede morir de pena? Eso ocurre con cierta frecuencia cuando se transita la juventud. Los viejos pueden con todo hasta que la muerte pueda con ellos. La que durante cuarto de siglo fue alcaldesa y querida por todos, al menos estadísticamente, ha fallecido casi a la vez que la presunción de inocencia. Los que asistieron a las llamadas honras fúnebres, si eran políticos y de su partido, se sentaron en la cuarta fila. La pena de muerte la decretaron los suyos, que no son pocos, pero temen quedarse en menos.