Las Provincias

A COJÓN VISTO

Reconocer los excesos una vez cometidos puede servir de expiación para quien los comete, pero no resulta de gran ayuda para quien los sufre. Leo con atención algunas de las reflexiones que se hacen desde dentro del PP respecto a la falta de tacto que se tuvo con Rita Barberá, especialmente desde que estalló el caso Taula. «Quizá teníamos que haberla amparado» ha llegado a decir el portavoz parlamentario de los populares en el Congreso, Rafael Hernando. No diré yo que no sea sincera la afirmación del diputado, igual que la de tantos otros que en las últimas horas se han subido a esa ola cómoda de glosar ahora las virtudes de quien ha fallecido. Pero no deja de ser chocante que haya tenido que ser precisamente el fatal desenlace el que haya abierto los ojos de los mismos compañeros que hasta el miércoles a las 7 de la mañana procuraban ni cruzarse con la exalcaldesa, para que ninguna cámara de televisión les pudiera sacar en una imagen políticamente incorrecta con quien acababa de declarar en el Supremo. Resulta decepcionante, y hasta lastimoso, pensar en lo que habrán sufrido -pobrecitos ellos- todos esos cargos que ahora se rasgan las vestiduras por lo que se hizo con Barberá, y que en el último año habían permanecido calladitos y escondidos en ocasiones detrás de un plasma para que fueran otros los que dieran la cara y recibieran la censura de los medios por no ser más contundentes con ella. No me gusta esa forma de desenvolverse en la vida que viene marcada por lo que se considera políticamente correcto en cada momento. Probablemente fue un error obligar a Barberá a darse de baja del partido en el que militó casi 40 años, igual que lo debió de ser presionarla para que volviera a presentarse a las elecciones en 2015, más allá de lo que la lógica política y quien sabe si su salud aconsejaban. Algunos de los que ahora cuestionan el feo que se le hizo con aquella decisión de apartarla de la militancia del PP, procuraron alentarla, cuando no ordenarla. Y poco les importó en aquellos meses que a Rita se le ridiculizara con imágenes que retrataban su declive político y también físico. No hubo entonces encendidas declaraciones de amistad como las que se escucharon el viernes en el funeral. Entonces pesó bastante más la presión ejercida por Ciudadanos, que la hubo, y la legítima ambición por superar el debate de investidura y formar gobierno. No han pasado tantas semanas de aquello, de aquel ninguneo en el Senado, de aquel silencio a la hora de marcar el teléfono de la calle Génova. Ahora sí, todo es reflexión. Se cambiarán las líneas rojas y se utilizará lo ocurrido con la exalcaldesa para evitar que la crítica política alcance tintes de linchamiento. Está muy bien. Es un gran paso. Pero como diría mi buen amigo Rafa Rubio, con su característico gracejo, «a cojón visto, macho seguro».