Las Provincias

Belenes que hieren

Los disfraces de Carnaval o las pinturas gore de Halloween no parecen ofender ni herir a los niños en los colegios. Es cierto, vestirse de pirata no tiene nada de malo o terrible para un chavalín. Ni de princesa, novia cadáver o esqueleto. Aunque los trajes de Cenicienta reafirmen los roles sexistas y los de la muerte la frivolicen y les hagan creer que enfrentarse a ella es un rato de susto divertido. Ya vendrá la vida y les enseñará lo chuli que resulta. Algunas de esas actividades están plagadas de estereotipos preocupantes y tienen escaso valor educativo pero no hay centro que se resista ni AMPA que note sarpullidos en la piel. Cuando llegan esas fechas, ni vetos ni notas que indiquen a los padres lo permitido y lo prohibido con tal de no traumatizar a los pequeños. Poco importa que un alumno adolescente se pinte la cara como si le hubieran arrancado la piel o lleve la cabeza como si le hubieran incrustado un hacha en el cráneo. Eso, al parecer, no plantea problemas. En cambio la imagen de una familia humilde del siglo I en torno a un bebé recién nacido es el colmo de la ofensa en algunos centros escolares y no digamos de la perpetuación de mensajes inconvenientes para un ciudadano libre, demócrata y adulto.

Los belenes se han convertido en una molestia para algunos educadores que renuncian a su papel invitando a ignorar la realidad. Explicarla siempre es más incómodo que taparla. Conocer las raíces culturales -no hablo de cuestiones de fe ni de clases de religión- es uno de los objetivos de la formación. Saber quiénes somos, de dónde venimos y por qué nuestro entorno es como es no obliga a aceptarlo inamovible ni a renunciar a cambiarlo, pero sí a entenderlo. Eso implica conocer la figura de Jesús de Nazaret, no la de Buda, dicho sea con el mayor de los respetos. Saber que hay otras creencias distintas a las que nos conforman, como el budismo, será esencial para que esos alumnos entiendan la diversidad, la complejidad del ser humano y la conveniencia de aprender de los demás, pero para saber que hay otras formas de creer, e incluso de no creer, hay que partir de la base de que Occidente se ha construido sobre la fe cristiana. Y la presencia del belén en la casa de la abuela así lo indica. Resulta irónico que algunas escuelas hagan enormes esfuerzos por eliminar todo símbolo religioso de su centro y los chavales vayan al profesor a preguntarle por qué la abuela tiene unas velas encendidas en las semanas anteriores a Navidad o por qué el abuelo le enseña canciones que hablan de una mula y un buey calentando a un niño pequeño en un establo.

Los belenes no hieren ni convierten al infiel en creyente como si fuera un auto de fe inquisitorial. El problema es que no se le puede quitar el contenido religioso fácilmente. Lo hacemos en Todos los Santos y en Cuaresma con Halloween y el Carnaval pero a ver cómo explicamos lo de un niño-Dios sin hablar de Dios.