Las Provincias

REMORDIMIENTOS

Los remordimientos florecen en el magma de las entrañas, se ramifican a través de los vasos sanguíneos y, por fin, nos roen el alma porque son la grimosa carcoma que nos acompaña. En los semblantes apenados de sus compañeros de partido, esa plana mayor que la sacrificó, no sólo observamos sincero dolor, como es lógico, sino el mordisco de los remordimientos.

Les remuerde la conciencia porque, tras la ofensiva de una parte de los medios de comunicación y de la justiciera y asilvestrada corriente de una opinión pública exigiendo venganza inmediata en plan juez de la horca (Huston), la dejaron caer. Hasta cierto punto era normal que se apartasen, pero sobraron ciertas declaraciones que sólo desgarraban y masacraban. Llevamos ya cuarenta años de democracia, más o menos, y a veces la sensación que nos embarga no resulta alentadora. Se diría que, en vez de aprender y madurar, asistimos a un deterioro en las formas, en el fondo, en los razonamientos y las propuestas. Los cráneos privilegiados, las mentes brillantes, huyen de la política porque un barniz asqueroso y repugnante la recubre como esa película de polvo que alfombra la piscina veraniega. Manuel Pizarro escapó en cuanto pudo, conviene recordar. Las primeras palabras de Trump cuando venció fueron de agradecimiento a Hillary Clinton por sus servicios prestados a la nación durante lustros. Incluso el atrabiliario y peligroso Trump cumplió con el protocolo, y eso que a Hillary la persiguen graves escándalos. Hemos eliminado de nuestra corrala la mínima cortesía, la imprescindible elegancia, y ya sabemos que, aquel generoso espíritú de la Transición, se evaporó porque soportamos tiempos grises protagonizados por mediocres recalcitrantes y aventureros de rebeldía rococó que recurren a la filosofía cutre de estilo blablacar y al balazo de tuiter.