Las Provincias

Las hienas

Querían protegerla de las hienas, decía ayer Rafael Hernando, portavoz parlamentario del PP en el Congreso, para sacudirse las acusaciones que reprochan al partido su comportamiento con Rita Barberá en los últimos años. Intentaba justificar lo injustificable, pero no terminaba de explicar por qué la llamaron «indigna» sus propios compañeros, por qué evitaron defenderla en su momento y por qué se apartaron mientras le llovían improperios para que no les salpicara. ¿Quiénes son las hienas? Al principio no había dudas: los diputados de Unidos Podemos tienen todo a favor para ganarse el puesto. Esos ególatras que no diferencian lo humano de lo político y se creen diosecillos capaces de condenar al otro por ser el otro mientras salvan al propio porque las razones de los nuestros siempre se elevan por encima de la mundanidad, si no son las hienas, hacen los coros. Sin embargo, el comportamiento de los enemigos no suele doler. Puede molestar, fastidiar o hartar, pero no duele porque no se espera nada de ellos. Una actitud ofensiva duele cuando quien la ejerce es un amigo porque, a la traición, se une la sorpresa. Del enemigo, en cambio, se espera la crítica y, como se dice de la Bolsa, ya está descontada. Se da por supuesto que va a censurar, despellejar y ridiculizar. Nadie se extrañó de que Podemos pidiera la cabeza de Rita Barberá. A punto están de pedir la de Luis XVI de nuevo con tal de presentarse como la encarnación de Termidor, de modo que lo de Rita era de lo más normal. Ahora bien, cuando son los propios quienes lo hacen, el estupor cede a la tristeza. Y más cuando son, como ocurre con los cachorros podemitas y algún cuello duro de Génova, unos niñatos que no saben lo que es levantar un partido de la nada o, lo que es peor, desde los tiempos de las camisas azules. Levantarlo, centrarlo y llevarlo a la mayoría absoluta varias veces. Ellos se lo han encontrado todo hecho y, como los niños pijos que creen que el dinero se reproduce en la cartera por ósmosis, no saben lo que cuesta ganarlo. O descubrirlo bajo un cubilete de trileros, tal vez. Pero en definitiva dedicar toda una vida a soportar carros y carretas con tal de sostener a su partido. ¿Quiénes son las hienas? ¿Una oposición que se agarró a la pieza hasta desgarrarla con tal de derribarla? ¿Unos medios de comunicación que se hicieron eco de esa estrategia sin denunciarla porque ayudaba a vender? ¿O un entorno que asistió al espectáculo jaleando a los gladiadores cada vez que la sangre manchaba la arena? Si las hienas triunfan es porque se les teme, se les permite y se les aplaude. Sí, hubo hienas pero fue un proceso coral. Como una novela de misterio en la que cada uno tenía un motivo para clavar un poco más el cuchillo. Las hienas hicieron su trabajo porque el resto de gacelas respiraron aliviadas cuando vieron que era otra la que había caído en la carrera y que, con su sacrificio, ellas quedaban a salvo.