Las Provincias

AMOR CIEGO

El amor es ciego, eso no es nada nuevo. A veces es también sordo o con el olfato atrofiado, aunque eso ya depende de cada persona. Esta ceguera amorosa también es aplicable a la relación de un fan con su ídolo, en algunos casos, en una cantidad mayor y más nociva que una relación convencional. Yo soy la primera que no puedo quejarme sobre estos temas porque la parte fan es un pedacito de mi adolescencia que sigue persiguiéndome con algunos grupos de rock. Coleccionar pósters por si en algún momento decido volver a revestir las paredes de mi habitación con ellos, comprar discos recopilatorios de mi artista favorito aunque ya tenga por separado todos los singles que aglutina esa nueva edición o gastarme todo el sueldo del mes en entradas para conciertos son algunos de mis pecados. Sin embargo, el fenómeno fan tiene sus límites. Hace un par de días, el dios de masas adolescentes, Justin Bieber, llegaba a Barcelona para dar un concierto ante fans que llevaban un mes acampados en los aledaños del estadio, con sus tiendas de campaña, sus maletas y sus sacos de dormir. Seguidores acérrimos que no dudan en tatuarse el nombre de su ídolo en varias partes de su cuerpo y cantar a coro sus temas favoritos cuando la cámara de televisión de turno los graba en mitad de la noche. En esta especie de campamento de verano, el premio final es poder rozar a Justin Bieber con la yema de los dedos. Y quizá por eso, un iluso fan tuvo la idea de meter todo el brazo dentro del coche del cantante para tocarle cuando pasó por su lado. Se llevó un puñetazo, con sangre incluida. Al rato, había multitud de seguidores defendiendo a Bieber e incluso el propio afectado se debatía entre denunciarle o entusiasmarse cual niño en Navidad porque le había «tocado la cara». Sí, el amor es ciego. Pero en estos casos, también es un poco idiota.