Las Provincias

LOS TRES JUICIOS DE RITA

La repentina muerte de Rita Barberá nos va a privar de saber lo que la justicia humana tenía reservada para ella, toda vez que entre nosotros hace ya tiempo que se desterró la bárbara costumbre de sentar a los muertos en el banquillo para privarles de sus bienes y de su buen nombre incluso cuando ya no era posible arrebatarles la vida o la libertad. Y en cuanto a la justicia divina, el misterio que la rodea, sumado a nuestras insalvables limitaciones a la hora de entender la lógica de la misericordia de Dios, convierte incluso en osada toda especulación respecto de qué pueda aguardarle allí donde quiera que se encuentre ahora.

Pero que no desesperen del todo aquellos que tanto empeño pusieron en echarla a los pies de los caballos, después de veinticuatro años como alcaldesa, por haber dejado de tributar al fisco por esos ya famosos mil euros. Lo digo porque por breve -para ella, brevísimo- que sea el tránsito entre uno y otro tribunal, nadie librará a la exalcaldesa de Valencia de comparecer, siquiera sea por unos días, ante esa «otra justicia» a la que llamaría «popular» si no fuera por la carga de ironía que de ello se derivaría. Me refiero a esa suerte de tribunal sin códigos, abogados, ni apelaciones en el que instruyen, sentencian y ejecutan esa pléyade de valientes que se escudan, en unos casos tras el anonimato de las redes sociales, y en otros tras el parapeto de la libertad de prensa, o de la inviolabilidad parlamentaria. Un tribunal en el que de nada vale la presunción de inocencia -que Rita se llevará a la tumba- y del que hace tiempo se desterraron las balanzas de precisión con las que calibrar virtudes y defectos, éxitos y fracasos.

Se me dirá que quienes ayer se congratulaban en las redes sociales de la muerte de Rita Barberá no son sino la excrecencia de una sociedad cada vez más radicalizada. Pero cuando a ese festival de iniquidades se suma la bajeza de todo un grupo parlamentario negándose a secundar un minuto de silencio por el alma de alguien cuyo cuerpo aun caliente yacía a pocos metros de distancia, o la sonrojante parcialidad de quienes glosaron su figura dedicándole una línea a su ejecutoria como alcaldesa, y cuatro párrafos a los escándalos de los que salió indemne, es que algo huele a podrido en este país en el que antaño se solía recibir a la muerte con un educado silencio y una breve oración.