Las Provincias

ROJO ALCALDESA

Cuando la sacudida de la muerte irrumpe sin un mínimo aviso siempre nos golpea el doble pues parece que se regodea en su hachazo súbito. Un día antes de fallecer en un hotel como si fuese una estrella de rock en la última curva del camino y en fase de gloriosa decadencia, algunos compañeros del partido que ella fundó recitaban como papagayos, tirando de argumentario bastardillo, lo de «Rita Barberá ya no milita en nuestro partido». Qué valientes. Qué solidarios. Qué entrañables.

Los jóvenes cachorros peperos que imitan la guapa mocedad de Ciudadanos le propinaron atroces dentelladas y apenas tres o cuatro denunciamos el atropello hace unos meses. Los que antaño le lamían los tobillos le dieron la espalda en un ejercicio de innoble cobardía. Rita Barberá había caído y se cebaron con ella. Su insólita condición de apestada la orilló. Nadie le tendió la mano. Rita Barberá, esa cosechadora de votos que nutría con generosidad el granero de su partido y arracimaba infinitos piropos, sufrió el desdén de los botarates, de los envidiosos, de los resentidos. Su muerte, desde luego, al menos nos sirve para confirmar lo que ya sospechábamos; esto es, el carácter miserable de Albertito Garzón, ese infeliz lacayo rudimentario, y de su señorito el coletas Iglesias. Ni siquiera le han concedido la gracia del minuto silencioso preñado de respeto. La izquierda jamás digirió sus victorias avasalladoras. Esta izquierda nuestra que, en principio, debería de mostrar tolerancia en los terrenos de la intimidad, lanzó implacables insidias de corte puritano, victoriano, estrecho. El enfrentamiento político se trasladó hacia ámbitos privados y así consiguieron cotas repugnantes que espero no regresen a nuestra corrala de chismografía mezquina.

Pero más allá del veneno que derramaban sobre ella, hoy, nuestra Valencia, no se entendería sin el carácter, la personalidad y la fuerte impronta de Rita Barberá. Su machihembramiento con el asfalto de nuestra urbe hunde sus raíces hasta las profundidades, es rotundo, y así será durante mucho tiempo. Baste recordar una anécdota que se puede elevar a categoría: el famoso rojo alcaldesa; esto es, una tonalidad de color identificada con ella, no muchos pueden presumir de lograr una marca tan nítida que perdurará en nuestro subconsciente colectivo. Algunos presumen de «gente» y andan apalancados en sus esferas de pijos que juegan a revolucionarios de pacotilla. ¿La gente? Rita Barberá sí conocía a la gente y por eso arrasó en tantas elecciones, y buena parte de esa gente detectaba en ella verdad y cercanía pues se alejaba de la impostura. Bajaba a la arena, pisaba el barro, callejeaba, hablaba con unos y con otros y disfrutaba durante aquellos años dorados al bañarse entre las masas que se le acercaban con sincero cariño. Su presencia era real y no existía en ella el artificio, la simulación. Rita Barberá hiperbólica, fallera, festivalera, excesiva, apasionada, avasalladora, sí, pero también gestionó óptimo y con formidable entrega, y consiguió que nuestra ciudad destacase en el pelotón. Valencia era un páramo moroso que apenas se visitaba en tres horas, como rezaba un bochornoso cartel. No podemos afirmar que nuestra autoestima estuviese baja, es que ni siquiera nos planteábamos tener o no autoestima. Pero esa percepción cambió gracias a Rita Barberá y los habitantes de cualquier signo comenzaron a entender que Valencia podía resultar atractiva, interesante, robusta, poderosa. Durante los años locos los visitantes nos comentaban la transformación experimentada por Valencia. Valencia era lo mejor, lo más de lo más, decían. Por fin descubrieron nuestra ciudad y por fin sacamos algo de pecho tras tanto ostracismo. Y luego, el precipicio, el largo bajadón. El foco enchufado contra nuestras pupilas y la sombra de la corrupción persiguiéndonos. De repente, nuestra Comunitat, nuestra ciudad, adquirió contorno de sospechoso habitual y convicto reincidente. Nuestra chepa recibió palos desde cualquier rincón, como si en otros lugares jamás hubiesen estallado latrocinios y marrullerías. El ocaso de Rita Barberá fue parejo al de nuestra ciudad, hasta en eso se enhebraron los destinos de nuestra villa y de la que fue tantos años alcaldesa.

Recuerdo la primera vez que la entrevisté... Acudí al ayuntamiento pipiolo y cargado de juvenil arrogancia así como de enormes prejuicios. El tópico de su imagen bullanguera me empapaba. El encuentro se desarrolló en una especie de salita cursilona. Llegó sonriente y me conectó dos besos sonoros de esos similares a los que te estampaban las tías cuando eras pequeño durante sus citas de estrenas navideñas. Me ofreció agua, café, algo. Rehusé pero me atreví a pedir permiso para fumar. «Pues claro, hombre», respondió riendo mientras me tendía un cenicero esquinado. Bajo la intimidad de la nicotina la charla despegó y, sin saber cómo, hablamos de libros y nos disparamos. Iniciamos el recorrido con Stendhal y lo terminamos con Azorín. Conocía al de Monóvar mucho mejor que yo. Me recitó varias frases suyas. La ópera le encantaba y ahí opté por callarme porque en esa materia era y sigo siendo un ignorante. Salí de allí pasmado. Rita Barberá, ese huracán de mercados, jolgorios y celebraciones, mostraba una cultura muy aguda en la intimidad. Guardé los prejuicios en el zurrón y extraje jugosas conclusiones, entre ellas que la juventud es una enfermedad que se cura con el transcurrir de los días.

Y, de nuevo, constatamos las pulsiones españolas, los arrebatos que dirigen nuestro pensamiento. Durante las épocas relocas de bonanzas y camelos presidió la manga ancha y el colocarse de perfil ante tantos chanchullos; en esta nueva era de políticos populistas, zarrapastrosos, nos guía la sed de venganza, el afán justiciero, condenar al prójimo mediante pena de telediario. Por desgracia nunca nos instalamos en el equilibrio, así pues, frente a la permisividad de antaño ahora hemos renunciado a la presunción de inocencia y fusilamos al amanecer y sin pruebas. Bueno, pues ya tenemos la primera víctima de este festival de sangre y odio.

¿Merecía Rita Barberá este acoso final por mil pavos de ida y presunta vuelta? No, claro que no. Algunos derraman ahora notables demostraciones de sensatez. Un poco tarde.