Las Provincias

Morir por 1.000 euros

Valencia ha amanecido con un cielo gris plomizo, no brilla ningún rayo de sol de los que acostumbran a iluminarnos y a calentarnos el corazón a los valencianos. Pesa sobre nosotros una tristeza tan gris y plomiza como el cielo. Ha fallecido la persona que, estoy segura, lo ha hecho adelantándose a la hora que su destino tenía previsto.

Ha muerto Rita Barberá, la que durante 24 años fue alcaldesa de todos los valencianos sin distinciones, la persona que se entregó en cuerpo y alma al servicio de Valencia y de los valencianos, la persona que amó Valencia y libre de cargas familiares se entregó a la tarea de hacerla mejor con toda la dedicación posible.

A ella la eligieron los valencianos en las urnas, democráticamente, durante muchas legislaturas. No necesitó para ello ponerse grotescas camisetas, ni enfrentarse a la policía en lo que no fue otra cosa que una vulgar reyerta callejera para defender, supuestamente, un barrio, impidiendo con aquel escrache que una hermosa avenida lo cruzase y le diese vida y que por ello, y otras cosas de similar contenido, hoy siga siendo un barrio cada vez mas degradado en el que sus gentes honradas lamentan profundamente que los llamados 'Salvem el Cabanyal' lejos de salvarle lo hayan hundido más si cabe.

Ella no necesitó realizar escraches ante la vivienda de nadie, ella sufrió los que le hicieron, que fueron unos cuantos y mientras los sufría seguía haciendo lo que más amaba y lo que mejor sabía hacer, trabajar por Valencia. Hasta que una sociedad ignominiosamente manipulada por ciertos políticos y por ciertos medios de comunicación fueron metiendo en su corazón la equivocada idea de que otros podían hacerlo mejor.

En una democracia el relevo en el poder es positivo, pero no a cualquier precio. No con engaños, con falsedades, con poner carita de buena y decir «me dan pena los pobres», cuando lo único que de verdad le da pena es no poder ostentar ella el poder político.

¿Recuerdan cómo empezó el problema de Rita Barberá? Cuando una persona a la que se le grabó una conversación con su hijo reconocía que ella había recibido comisiones, ella, no la alcaldesa. Y con todos mis respetos se da la coincidencia de que esa persona que reconocía haberse lucrado indebidamente es, al parecer, una persona desequilibrada. No es el procedimiento más justo para desatar una verdadera cacería de brujas contra alguien a la que hasta ahora no ha podido demostrársele ninguna acción indebida, salvo la que ella misma ha reconocido de haber donado 1.000 euros a su partido sin recibir nada a cambio, y que, lejos de ser indebida, es algo perfectamente legal.

Con la tristeza por la pérdida de una persona que hizo mucho por esta ciudad a la que sin ser valenciana adoro, me cabe reconocer que tal vez ella debió tomar la decisión de no presentarse a las últimas elecciones. Alguien cercano debió advertirle de que en el corazón de muchos de los que le habían votado en otras elecciones ahora había crecido la semilla de la incomprensión y hasta del menosprecio, incluida gente de su propio partido. Pienso que ella estaba dispuesta, estando segura de que todo lo que había realizado lo había realizado bien, al menos todo lo bien de lo que los humanos somos capaces de hacer, a seguir en lo que ella consideraba que era su compromiso con los valencianos mientras ellos lo quisieran. Pero no lo quisieron y comenzó para ella un calvario que ningún corazón es capaz de soportar. El suyo no lo ha soportado. ¿Lo soportarán los que han tenido mucho que ver con ello? Mucho me temo que sí lo soportarán porque el corazón de estos especímenes es tan duro como la piedra.

Gracias Rita por todo lo que hiciste por esta ciudad. Cuando yo llegué a ella Valencia no era la ciudad de las flores de la que tanto había oído hablar. Los pocos monumentos que los socialistas habían realizado eran de puro cemento, triste y gris cemento y fuiste tú la que poco a poco conseguiste que hasta el más humilde de los barrios disfrutara de un pequeño jardín. Dejaste, como uno de tus numerosos logros, una ciudad hermosa que era, cuando tú llegaste a ella como su alcaldesa, una triste y oscura ciudad.

No podría en este limitado artículo, enumerar todo lo que Valencia te debe, pero si la vida es justa los valencianos sabrán reconocértelo.

A los que mal te querían les ha resultado muy barata tu muerte, 1.000 euros. Que Dios se lo demande.