Las Provincias

No era tan fiera como la pintaban

Rita Barberá y yo tuvimos algo común. Ahora lo puedo contar. Algo que nos unía, iba a decir por encima todo, pero mentiría porque no pudo ser más clandestino, discreto e imperceptible para los demás: Un profundo desprecio por quien fue su jefe de filas y presidente de la Generalidad. Un rechazo frontal a cuanto representaba Eduardo Zaplana. Una convicción que para mi desgracia como periodista jamás se tradujo en algo publicable. Porque en este sentido Rita siempre fue un peñazo para la prensa. Nada de declaraciones. Nada, ay, de filtraciones. Todo lo que tenía de flamígera con sus contrincantes, lo tenía de paciente, resignada o disciplinada con sus correligionarios. Con quienes a lo más que llegaba, en casos extremos de desacuerdo o animadversión, era a cantarles las cuarenta a puerta cerrada o a trasladarles su enfado con visibles muestras de frialdad. En esto, desde luego, no había quien la igualara. Pero ni un milímetro más. Rita Barberá tenía un sentido tan arraigado de la lealtad institucional y de la disciplina de partido que apenas si ejerció esa autoridad que nadie le discutía cuando empezó a ser patente que Alberto Fabra no iba a estar en condiciones de hacer cargo del PPCV tras los comicios del 2015 y se interpuso a su manera en los planes de Alfonso Rus. El segundo Alfonso que la apoyó y le dio más de un quebradero de cabeza; el primero, Grau, amagó con arrastrarla consigo cuando declaró llegado el momento de que cada palo aguantase su vela.

Y a pesar de eso, a pesar de no saltarse el traje chaqueta, ni tener plaza fija en la rueda de contertulios de determinadas televisiones, Rita consiguió lo que no logró Zaplana alquilando voceros y no sé si conseguirá Ximo Puig con la matraca vindicativa: ser una voz en el concierto nacional. Pesar en su partido. Constituir un referente municipal. Y gozar de una popularidad en el conjunto de España que ningún otro alcalde de Valencia, ni de casi ninguna otra ciudad ha gozado jamás hasta. Hasta que empezó a precisar del apoyo de un equipo, se hizo patente que en su Gobierno no había quien fuera capaz de sugerirle y, si menester fuera, imponerle lo que más le interesaba y comenzó a autolesionarse como aquella noche aciaga en que se perdió en el calor de una Crida sin que uno solo de los componentes de su cuadrilla, y digo bien, le saliera al quite. El resto ya fue de tango: cuesta abajo la rodada.

Lo que nadie podía imaginar -lo cual no quita un ápice al ensañamiento extrainformativo que sufrió- es que detrás de los visillos no se escondió el huracán que parecía en sus mejores tiempos. Se parapetó, como apuntó Julián Quirós en un comentario de aquella época, una mujer asustada, desconcertada e incapaz de saber ya qué era lo que más le convenía. Un corpachón a punto de derrumbarse.