Las Provincias

El espejo de lo que somos

Twitter nos ofrecía ayer un retrato de la clase de sociedad en la que nos hemos convertido. Era un perfecto espejo de lo que somos y del modo en que obramos. Declinando el verbo en primera persona del plural. Hubo quien, por encima del bien y del mal, lamentaba muchos de los comentarios que se vertieron desde que a primera hora de la mañana se conoció la muerte de Barberá. Se referían a la red social como si fuese un ente aislado, un organismo independiente que orbita en otra galaxia, como si nada tuviese que ver con nosotros, como si en ella entrasen y participasen criaturas de otro mundo que se rigen por modelos de conducta totalmente ajenos a los que nosotros manejamos. Podemos hablar de ellos y de nosotros, como si se tratase de realidades diferentes. Se puede hacer, sí, igual que podemos dejar de mirarnos en un espejo para no asumir realmente el aspecto que tenemos.

Y algunas formas de proceder alertan de que el aspecto que mostramos como sociedad es bastante enfermizo. Y a este estado de salud estamos contribuyendo todos, justificando o propiciando muestras de inquina despreciables. No nos pueden extrañar determinados comportamientos exhibidos ayer en redes sociales, porque bien sabemos que en otros escenarios más privados se actúa de un modo muy similar. Lo que pasa es que de eso no suele quedar constancia.

A ello contribuyen, tristemente, nuestros políticos, que deberían tener un papel conciliador y buscar, en la medida de lo posible, el entendimiento. Sin embargo hace mucho tiempo que ellos han adquirido el rol opuesto y se dedican a alentar a las hinchadas. No sólo no calman, sino que avivan el enfrentamiento y enardecen los ánimos. Vemos la paja en el ojo americano y no la viga en nuestras pupilas. Estamos tan acostumbrados a este proceder que no reparamos en el daño que hace, ni en el efecto rebote que trae consigo. Ayer fuimos testigos de dos pautas execrables. Las resumía bien Lorenzo Silva (en un tuit precisamente): «quien no respeta el dolor por una muerte, y quien la aprovecha para darle al rival».

Estas dos conductas eran visibles (y reprochables) en foros y otros recovecos internautas, y encontraban parangón en las instituciones, donde asistimos a faltas de respeto innecesarias, a salidas de tono inútiles y a búsquedas mezquinas de culpables. Utilizar una desgracia ajena para según qué fines es ruin. Incluso si es para limpiar conciencias, que también de eso hubo.

Lo que vemos en Twitter en muchas ocasiones es lo que somos. Esa falta de reflexión, esos disparos sin piedad, esos juicios sumarísimos, esos pensamientos expresados sin filtro no son excepcionales, reflejan un comportamiento que impera en la actualidad en diversos ámbitos de nuestras vidas. No seamos hipócritas. Lo que leemos es lo que somos. Y no se va a curar solo por más que dejemos de mirarnos en ese espejo.