Las Provincias

AMBICIÓN DE GRAN CIUDAD

En mis recuerdos hay una escena que vista ahora, cuarenta y pico años después, remite a un tiempo feliz y comprometido, a una Edad de la Inocencia en la que el periodismo era el arma mejor, nuestra única herramienta disponible para cambiar el mundo. Y si no, si era preciso apearse con modestia, para cambiar el destino de una ciudad que estimábamos, con todos sus defectos y virtudes, en un tiempo en que estaba llamando a la puerta la libertad.

La estampa muestra a un grupo de periodistas, los que hacíamos información municipal, en torno a un Seat 600, que era mío y de ustedes: Salvador Chanzá y Juan de Mata Ayllón eran los veteranos; Vicente Murillo de las Heras, el colega ya curtido, Salvador Barber y uno mismo, los aprendices; que teníamos como compañera y estrella a la reportera de Radio Valencia, la inolvidable Rita Barberá No-lla. En este tiempo de debate sobre atuendos y vestimentas, maravillan las corbatas de los hombres; y el lazo majestuoso de la que había sido, no mucho antes, Musa del Humor de las Fallas. La periodista favorita del jefe Vicente Ros Belda, la mujer siempre alegre y confiada, la reina indiscutible del 'tró de bac', la que albergaba la mejor disposición a conocer y amar los entresijos secretos del reloj que movía a esta ciudad a través del mejor oficio del mundo, se había presentado con sus mejores galas, como todos hacíamos cada día, a lo que iba a ser nada menos que la voladura controlada de parte de un repugnante azud que había en el cauce del Turia, a la altura de Monteolivete... una noticia de doce líneas.

Tiempos felices, tiempos inocentes, nos muestran a Rita Barberá en las páginas de huecograbado de LAS PROVINCIAS, cuando las ruedas de prensa, o las visitas a las instalaciones de Aguas Potables, eran asunto de portada. El día en que el PSP de Tierno Galván hizo entrada oficial en el Salón de la Chimenea, allí estaba, con su melena y su bloc, con el mismo desparpajo alegre con que escribió una carta nada menos que a Isidoro Álvarez, el dueño de El Corte Inglés, y consiguió que la firma del triángulo apadrinara a la primera promoción de Economistas valencianos, un maná inesperado.

Economista y periodista, primero y siempre. Una forma de ver la economía liberal y una forma estricta y moral de ejercer la profesión con modestia, con espíritu constructivo y con la regla ética de renunciar, siempre, a los daños colaterales del escándalo. Ese fue, sustancialmente, su bagaje; el cimiento de una carrera que se decantó por la política por amor comprometido con lo que se quiere construir: en este caso, una ciudad mejor. Por eso fue promotora de Alianza Popular en 1976 y más tarde fundadora del Partido Popular, la formación entrañable que ha tenido que dejar hace unos meses en el curso de una de esas decisiones vitales, dramáticas en lo humano, que literalmente acaban partiendo el corazón.

Pero la muerte no puede ser el determinante de esta glosa periodística. Tiene que serlo la vida. La entrañable figura humana de una mujer que adoraba a su familia, que aprendió en sus padres esa pasión que le llevaba a desvivirse por todos, a ocuparse de todo, al deseo imposible de llevar una ciudad como quien lleva una familia. «Adoro la ciudad, quiero a Valencia», decía una y otra vez, con un fervor que hacía que tu afecto se quedara siempre pequeño, siempre deudor del respeto que merece esta ciudad.

Matrona y madraza, dueña del corazón de los electores de Valencia durante 24 años, Rita Barberá, con sus humanos defectos, ha sido la persona que más tiempo ha estado al frente del Ayuntamiento desde el tiempo de los corregidores; y la alcaldesa que ha dirigido el más sustancial cambio que aquí ha habido a caballo de los siglos XX y XXI. Ideó para Valencia un modelo de ciudad lleno de detalles y nunca olvidó, pese a la leyenda negra, las dotaciones de los barrios extremos. Más allá del Palacio de Congresos, del desarrollo de las avenidas de Francia y de las Cortes Valencianas, docenas de piscinas, bibliotecas, polideportivos y locales para jóvenes y mayores lo atestiguan. Para lo grande y lo pequeño, para el patrimonio y la novedad, su ambición de ciudad no conocía límites y era capaz de arrastrar a presidentes de la Generalitat, empresas, técnicos y concejales. Y Valencia, una y otra vez, secundó su sueño, que no era otro que el que llevaba en la mochila desde que empezó a entrar en el Ayuntamiento con López Rosat o Miguel Ramón Izquierdo en la alcaldía.

Pasarán muchos años antes de que se apacigüen las aguas y los odios; será preciso bajar mucho la temperatura pasional de los últimos meses, antes de que se pueda contemplar con objetividad el gran cambio que Valencia ha experimentado durante sus seis mandatos. Rita Barberá conocía esta ciudad más de lo que suponemos porque bajaba de la torre de marfil que rodea a cualquier alcalde bastante más de lo que se sabe. Pisaba las calles. Y atendía, con paciencia de hortelano, cada foto que se le pedía, cada saludo, comentario o petición que se le formulaba. Pese a todo, sabía que la pasión popular que la sustentaba cada vez que se dejaba ver, podría terminar repentinamente porque no hay nada más versátil y quebradizo que el viento del pueblo. Solo se le torcía el gesto, sin embargo, cuando veía algunos nuevos usos periodísticos, las crucifixiones en el tribunal de las portadas y los telediarios.

Ella, que por sí sola era la cuarta provincia electoral del Partido Popular, ha tenido un tramo final de su vida dramático; a manos no ya de la justicia sino del tratamiento, en ocasiones despiadado, de unos modelos periodísticos nuevos, de unos códigos de comunicación, que no llegó a asimilar porque seguía teniendo en vigor los que aprendió hace cuarenta años, cuando todo estaba teñido de ilusión y de respeto.

Cuarenta años se van a cumplir, el jueves que viene, de la primera visita de los Reyes a Valencia y de la firma de la concesión a la ciudad del viejo cauce del Turia. Ella también estuvo allí, magnetofón en ristre, detrás de un Rey Juan Carlos jovial y campechano que quería cambiarlo todo. Ella también empezó a soñar ese día en una Valencia nueva y mejor.