Las Provincias

Un problema serio

Calculo que la inmensa mayoría de los españoles que ni votan ni tienen pensado votar al Partido Socialista, estará contemplando el progresivo agravamiento del viejo pulso entre su dirección federal y el PSC -y desde anteayer el recién desencadenado pulso con el PSE- con una mezcla de tedio e indiferencia; y que incluso una buena parte de ellos estará regodeándose en el mal ajeno mientras masculla para sus adentros un «bien merecido lo tenéis». Como también supongo que quienes ni votan ni tienen pensado votar a Podemos estarán pasándoselo bomba a cuenta del mayúsculo embrollo en el que se halla metido Pablo Iglesias, quien al día siguiente de haberse asegurado el control de Madrid, se topó con la declaración de independencia de Podemos-Andalucía, a sumar a las que ya le han planteado sus camaradas gallegos y catalanes.

Pero ni una cosa ni otra constituye una buena noticia para quien crea que este país merece tener un futuro, aunque sea oscuro.

Quienes hemos dedicado algunas horas a estudiar los procesos que llevaron a la disolución de los últimos tres Estados europeos en desaparecer del mapa tenemos la absoluta convicción de que uno de los factores que más decididamente impulsaron esos procesos fue el de la previa disolución de los partidos que les habían vertebrado políticamente. La Federación Yugoslava quedó sentenciada el día que croatas y eslovenos decidieron abandonar la Liga de los Comunistas de Yugoslavia para formar sus propios partidos, formaciones que al poco acabarían engullidas por el proceso que ellas mismas habían iniciado; la Unión Soviética perdió el instrumento que más decisivamente había preservado la integridad de un Estado tan extremadamente diverso cuando el PCUS explotó el mil pedazos, abandonado a la vez por liberales y nacionalistas; y la vieja Checoslovaquia supo que las diferencias entre sus dos repúblicas constituyentes se habían hecho ya irreversibles cuando checos y eslovacos decidieron dar sus votos a formaciones políticas distintas e incompatibles entre sí.

Se me podrá objetar que los tres ejemplos provienen de tiempos, lugares y regímenes distintos y distantes del nuestro, pero creo que es un hecho que difícilmente puede haber un Estado cuando no hay un partido -o, mucho mejor: varios- que lo vertebren políticamente. Y cuando uno se percata que al menos dos de los cuatro principales partidos de nuestro país son incapaces de sostener una estructura organizativa cohesionada y de articular un discurso político coherente en todos y cada uno de los rincones de España, ése comienza a ser un problema serio. Y más todavía cuando uno constata que el discurso de la España constitucional empieza a ser patrimonio exclusivo de solo una mitad del espectro político. Cuando a quienes se les llena la boca hablando de la «España plural» se les olvida cuál es el sustantivo, y cuál el adjetivo de esa expresión.