Las Provincias

La odisea de ir en bici

Estoy muy de acuerdo con los reportajes de denuncia que en los últimos días han aparecido en las páginas de este periódico sobre las mil y una tropelías que cometen los ciclistas que circulan por Valencia. O quizás debiera decir cometemos. Yo también soy de los de las dos ruedas. Desde hace un tiempo uso la bici casi cada día para venir a la redacción. Y alguna acera y algún paso de cebra he pisado y piso. Peccata minuta al lado de estampas -de las que he sido testigo o he contemplado en los citados reportajes- de bicicletas zigzagueando entre peatones y transeúntes observando asombrados a ciclistas tomando el carril bici, a un metro escaso de niños, ancianos y perros que andan por la acera, como si aquello fuera el Jarama. Pero, parafraseando la magistral 'Blade Runner', «he visto cosas que no creeriáis». Y rompo una lanza en favor de los ciclistas. Porque yo he visto grandes rondas, avenidas principales y calles amplísimas sin un atisbo de carril bici, en las que te juegas la vida con coches y autobuses pasándote a un palmo a toda velocidad (aquí el tamaño sí importa) al ir por la calzada. Cierto es que el Ayuntamiento trabaja en solucionarlo, pero aún quedan muchas, muchas junglas para la bici. Yo he visto más allá de Orión peatones que caminan en filas de ' a tres y a cuatro' por el carril bici en una zona de parque, con más de ocho metros libres para andar por otro lado. La conciencia de compartir espacio peatones-ciclistas es aún bastante precaria en esta ciudad (tanto monta, monta tanto). He visto carriles bici en los que aparecen bruscamente morros de coches aparcados. Qué importa dónde acaba la plaza... He visto firmes del carril bici con menos adherencia que la pista de hielo de la plaza del Ayuntamiento. Y he visto que del dicho al hecho, de hacer Valencia una ciudad de 'tráfico amable', hay un trecho.