Las Provincias

FOTOS Y PROTOCOLO

Cuantas más banderas republicanas vuelan sobre nuestras cabezas más moléculas monárquicas se apoderan de mi cuerpo. Qué le vamos a hacer, funciono a la contra. Ya sé que esto supone ejercer una cabezonería irracional, pero si los podemitas y sus satélites se empeñan en vindicar el desastre republicano, yo entonces me acerco al bando de la corona para distanciarme de los farsantes que han colapsado nuestro devenir con sus bravatas de trincheras derrotadas.

El año pasado, durante una de las celebraciones que conmemoraban el 150 aniversario de este diario, acudió el Rey Felipe. Llegué tarde al acto. De hecho, en vista de mi retraso concluí que su majestad ya se habría marchado, así pues lucí estampa cutrona de vieja cazadora vaquera y camisa normalucha. Pero el Rey seguía allí, departiendo con todos, estrechando manos, aceptando selfis sin reparos. «Este hombre desde luego se gana el sueldo», me dije. Para no incurrir en ese moderno asalto a la intimidad que supone el selfi le susurré a mi amiga Mónica: «Cuando me salude, aprovecha y dispara alguna foto, anda...». Me saludó el Rey, intercambiamos algunas palabras acerca de aquel general yanqui amigo de España llamado Vernon Walters y, mientras tanto, Mónica nos realizó un auténtico reportaje fotográfico gracias a su móvil. Mi madre colgó orgullosa una de esas fotos en su habitación y vacila con sus amigas. Esta facilidad para retratarse con el monarca sin ningún tipo de cortapisas contrasta con el reglamento prusiano respecto a las fotografías con las falleras de la corte. Qué manera tan absurda de blindarlas contra su público, de alejarlas de la gente, de trasladarlas hacia una burbuja marfileña que, inevitablemente, las mustia. El protocolo que padecen/padecían nuestra falleras era peor que el de María Antonieta antes de que la decapitasen.