Las Provincias

El espejito mágico

Dicen que la prensa no es ya el espejo de la realidad pero a veces cumple la función de espejito mágico de Blancanieves, ése que le dice a la reina malvada quién es la más bella del reino, es decir, le dice la verdad aun cuando no la quiere oír.

Es lo que sucede cada vez que una famosa aparece ante las cámaras de los fotógrafos o de televisión con más peso del que solía. Lo vimos con Tania Llasera, lo acabamos de ver con Tamara Falcó y ayer mismo nos sorprendió la cantante María Jiménez. En los tres casos, se trata de mujeres (¡oh, qué sorpresa!). Y en los tres aparecen en un acto público o en un photocall posando como si tal cosa con todos sus kilos, sus lorzas, sus colesteroles y su cintura difuminada. Hasta ahí, nada anormal. ¿Por qué han de privarse de seguir haciendo la vida de siempre si su salud, sus finanzas y su ánimo se lo permiten? Sin embargo, falta tiempo para que los comentaristas, lectores y buena parte de los ciudadanos exclamen, estupefactos: ¡pero qué gorda se ha puesto!

Libertad para opinar sobre los gordos hay la misma que para hacerlo sobre los delgados, altos, bajos, rubios o morenos. Toda la del mundo. Pero también la misma que cuando hablamos de fachas, perroflautas, gays, trans, ateos, píos, proburkinis o sexoadictos. Es decir, la condición volumétrica no debe ser menos respetada que la condición sexual, nacional o religiosa. ¿Es lícito reírse de un gordo pero no de un gay? ¿Por qué? ¿Por qué consentimos e incluso jaleamos una broma sobre Falete pero no sobre Grande Marlaska?

Decía lo del espejito mágico porque la pregunta de la malvada aquí firmante es ¿quién es el más hipócrita del reino? Se nos llena la boca hablando de la liberación de la mujer, exigiendo que tenga autonomía para vestir como quiera (a Fuset me remito); que no se le imponga un matrimonio por la fuerza (a Endorgan me encomiendo) y que haga con su cuerpo, su armario y sus 'rasuraditas' lo que quiera. Que ninguna pareja le imponga cómo vivir, con quién salir o entrar y cuándo cortar. Y, mucho menos, por la fuerza. En todo eso estamos de acuerdo y ¡ay del que no lo haga! Sin embargo es solo la teoría, la fachada y lo políticamente correcto. Cuando se le pregunta al espejito mágico la verdad no sabe por dónde empezar porque en realidad una cosa es lo que decimos y otra lo que sale a relucir cuando Tania Llasera, Tamara Falcó o María Jiménez suben de talla. Es entonces cuando nos despojamos del disfraz de cordero y decimos lo que nos reprime la faja del buenismo social. ¡Qué gorda se ha puesto! ¡Qué horror! ¡Cómo se atreve a salir así! No hablo ya de la crueldad de las redes sociales; no hace falta. Me quedo únicamente en la tranquilidad con la que diferenciamos la transformación según sea hombre o mujer. A ellas no se les perdona. Las Barbies no pueden subir de talla. Y la mujer, en sociedad y en la vida pública, sigue teniendo la obligación de parecerse a ella.