Las Provincias

LA AGENDA CLIMÁTICA

La reciente ratificación del Acuerdo de París fue sin duda la gran noticia que la comunidad internacional aprovechó para mantener la tensión climática en la COP22 de Marruecos, y donde el recién estrenado gobierno español anunció su compromiso hacia la progresiva descarbonización. Cuentan que por los pasillos de la cumbre corrían tratados precocinados, negociaciones entre mandatarios para que el asunto no acabara en fiasco. Por lo menos se logró cerrar un programa de trabajo que fuerce, a la próxima COP23 de Polonia, a la definición y aprobación de un protocolo de activación de medidas.

El problema del clima afecta más gravemente a los países en vías de desarrollo, en general, con menor responsabilidad en la emisión de gases de efecto invernadero, pero con inundaciones, sequías y hambrunas que agravan el drama social. En nuestra tierra, a los afortunados nos asusta el cambio climático sólo cuando llegan los rigores estivales con las restricciones del agua de boca, o por el riesgo de los incendios forestales sobre las urbanizaciones o, simplemente, por jardines arrugados en su sed.

Reconozco que me he sentido incómodo muchas veces, porque da igual conservadores que progresistas, intelectuales o superficiales, urbanitas o rurales, en el ámbito local, pocos dan al clima la importancia que merece. No hay medidas ni estrategias municipales para un problema global. Más allá de la financiación comunitaria, los discursos políticos están vacíos.

Se habla de comarca, pero aquí cada uno hace la guerra por su cuenta. Echo en falta una reflexión conjunta sobre el problema ambiental, que se marque un plan común para un modelo turístico tan similar entre municipios. Quizá la Xarxa d'Alcaldes debiera aprobar una coordinación de acciones uniformes, un compromiso cuantificable.

Da la sensación que el municipalismo está en otra cosa, que el día a día de los pueblos y ciudades devora cualquier inquietud ambientalista. Estoy convencido que el urbanismo podría aportar múltiples medidas efectivas, pero incluso ahora, con procesos participativos como el de Dénia, nos limitamos a emitir conclusiones que no traspasan la frontera de las obvias generalidades prediseñadas.