Las Provincias

Para acabar con Trump

Habría que dejar momentáneamente a Trump. Llevamos días sin parar de hablar de él. Lo sorprendente de su victoria, por lo estrafalario, machista y bocazas del personaje, ha hecho correr ríos de tinta y podríamos extraer, antes de examinar cómo le va a afectar a Europa, algunas conclusiones que expliquen lo que para algunos europeos es inexplicable.

Nadie esperaba que el millonario ganase. Sólo una encuesta de las cincuenta del ultimo mes y medio le daba triunfador. Si los encuestadores han pinchado clamorosamente el batacazo de la prensa sesuda ha sido también mayúsculo. La elección ha sido un mazazo para bastantes periódicos estadounidenses, por ejemplo para el prestigioso New York Times. La tirria de estos medios hacia Trump ha sido tal que han confundido deseos con realidad y hasta el último minuto no sólo han manifestado que apoyaban a Clinton sino que se negaban a considera que Trump pudiera ganar. Algún director ha escrito posteriormente una carta a los lectores excusándose, y casi disculpándose, por su ceguera.

Trump es un personaje odioso para los progresistas estadounidenses y para la casi totalidad de los comentaristas europeos pero hay que percatarse, haciendo abstracción de su zafiedad, de que ha hecho una campaña astutamente 'estentórea' y rentable. No ha vacilado en insultar a los periodistas, de tacharlos de mentirosos, y, haciendo a menudo demagogia, hablando «del hombre de la calle olvidado» por el gobierno, ha sabido encontrar los temas que engatusaban a una parte importante del electorado. Ha tenido menos votos totales que Hillary pero él y su equipo han maniobrado inteligentemente para rebasar a su contrincante en los estados de Ohio, Michigan, Pensylvania, Florida. en los que se jugaba la elección. Que Hillary sacara muchos más votos en California o New York era irrelevante dado el sistema electoral americano.

Es muy significativo que después de sus comentarios machistas, muy difundidos y vituperados, el 53% de las mujeres blancas lo prefiriesen a la feminista Hillary. Y también que ella, después de los insultos de Trump a los mejicanos, tuviera muchos menos votos hispanos que Obama hace cuatro años.

Después de la elección, Trump sigue sorprendiendo. El ruso Putin es una de las primeras personas que pudo hablar con él por teléfono. La primera ministra británica lo hace en cuarto o quinto lugar. Insólito. El primer ministro japonés es el primer líder extranjero que lo ve y lo logra gracias a la intervención de un golfista. Nombra asesor de Seguridad a un militar, Brass Flynn, halcón en política exterior pero que a los republicanos no gusta porque ha tenido comprensión hacia el aborto y manifestado que los matrimonios del mismo sexo no tienen por que chocar con la legislación del país.

Y llegamos a la política exterior. Como en muchas otras cosas, sus manifestaciones han sido contradictorias. En Irán, México, China y los países bálticos se le mira con enorme desconfianza. Con todo, una cosa es predicar y otra dar trigo. Los problemas moderan. A las puertas del poder ya empieza a recular. La construcción de la valla con Méjico no será completa ni pagada por los aztecas. No expulsará a once millones de emigrantes sino a dos o tres, los que estando ilegalmente en el país tengan antecedentes penales ( la cifra será menor). Ponerle tarifas a los productos chinos puede desencadenar unas represalias que harían sufrir a la economía estadounidenses. Detesta a los iraníes pero no será fácil que denuncie el acuerdo por el que Teherán congela la construcción del arma nuclear.

Sobre Europa planea alguna nube y no sabemos si escampará. Los países bálticos son los más preocupados. Trump ha dejado entender entre líneas que el compromiso de Estados Unidos para defenderlos era cuestionable y el político Gingrich, cercano al nuevo presidente, manifestó que Estonia es un suburbio de San Petersburgo. Los bálticos temen otra vez el abrazo del ominoso oso ruso. Lo que está claro, para todos, es que nos va a pedir que nos rasquemos el bolsillo. Los europeos se vienen gastando en defensa, incluyamos a España, la mitad de la cantidad a la que se comprometieron en la OTAN. Esto irrita a Trump y, no nos confundamos, no sólo a él por ser un «cowboy chulesco de derechas», sino a muchos americanos.

La clave para nosotros es hasta dónde está dispuesto a transigir con Rusia. Es posible que acepte la anexión de Crimea, que, a diferencia de Obama, comience a levantar las sanciones a Moscú, pero entre eso y transigir con un nuevo Yalta, es decir, con un acuerdo que encuentre normal una sólida esfera de influencia de Rusia en los países que la rodean como ocurría en la época de la guerra fría hay un gran trecho que no sabemos hasta donde está dispuesto a recorrer. Trump parece dispuesto a conseguir un profundo deshielo en las relaciones con Rusia, eso le daría un aire de estadista del que carece, pero transigir en abundantes campos con Moscú, en los derechos humanos, en su actuación en Siria, concederle un veto sobre iniciativas en política exterior de Polonia, Ucrania, etcétera, parece algo fuerte aunque no descartable.