Las Provincias

Bebe vida del grifo

Desde que cumplí cincuenta tengo la sensación de que la primera parte de mi vida terminó y que pasaré la segunda escribiendo sobre lo que me sucedió entonces. Antes vivía sin escribir, ahora escribo sobre lo que viví. Recuerdos de un cuerpo que se batió en duelo con unos y otras tanto como pudo. Y que ya no puede. O que ya no debe. Mi futuro es de narrador, no de protagonista. Digamos que he entrado en mi fase posbiográfica. Los intelectuales convencidos de que la posmodernidad ha sido superada por la post-posmodernidad, sostienen que lo efímero se impone y el relativismo se expande. Así, una media verdad ya no es una mentira sino la posverdad. Y esa peligrosa recaída en brazos de tu exmarido en absoluto supondría tropezar con la misma piedra sino posmatrimonio. Y el populismo, tan parecido al fascismo en sus peroratas, tampoco puede calificarse como autoritario sino mejor en plan posdemocracia. A mis cuarenta y diez, en estos tiempos líquidos, se me considera el holograma post del mamífero macho que fui. Por eso recapitulo la estela que dejaré antes de borrarme. Un fantasma que escribe en vez de ulular.

La existencia discurre igual que el agua del grifo, corre llenando jarras, búcaros o vasos, cada cual lo que le guste, hasta que el destino gira la rosca y corta el chorro. No espero que me entienda nadie, habituados como estamos a las botellitas de plástico, a las mini raciones de manantial que aplacan dosis de sed predeterminadas. A lo pijo por lo auténtico. Se puede beber un litro, medio o 33 cl, lo que se ofrezca en el súper, ni más ni menos, pero no existen envases de cuantía personalizada. A morro del grifo ya sólo bebemos los bienaventurados. Pobres, poetas o presos. Alguna vez alguien tendrá que explicar cómo, siendo estupenda y casi gratis el agua del grifo, la gente gasta dinero comprando embotellada. Más aún, cómo, teniendo un grifo en casa, mis conciudadanos cargan con paquetes de botellas de doce kilos mínimo. No es una paradoja, más bien se trata de posprogreso. Costó diecinueve siglos de civilización llevar agua corriente a los hogares y, hoy que la tenemos, volvemos a bajar a la calle a comprarla como cuando íbamos al pozo. O al río. Eso debe ser posinteligencia.

Yo bebo agua del grifo, sabe a las cosas como son. Pero, claro, no soy un post-posmoderno, ni siquiera un posmoderno. De hecho no creo ni que sea moderno. Me gustan los finales felices, los políticos experimentados y las playas sin corredor mediterráneo. Una rareza. Ya ves, un puto sentimental.

Ahora que a los cincuenta por fin sé manejarme con el broche de tu sujetador, maldita sea, resulto demasiado sólido para filtrarme contigo en la posrealidad. Anda, bicho, ponme el posúltimo vaso de agüita de tu grifo que tengo toda la posjuventud por delante. Yo bebo vida del grifo, no la embotello. He aquí un preidiota que no se rinde.