Las Provincias

ABURRIDOS UNIDOS

El aburrimiento es quizá uno de los mayores monstruos de nuestra sociedad papanatas. La gente que se aburre encuentra unos retos colectivos o individuales que suponen la alegre pacotilla que distrae sus existencias. Un ocioso inventa una parida, la cuelga en las redes y, de inmediato, miles de amodorrados imitan ese desafío y entonces la manada crece y se reproduce, lo cual se conoce que les reconforta una barbaridad.

Famosos y anónimos se ducharon con agua gélida en beneficio de noséqué. Notable éxito. Luego se puso de moda perfilar una técnica divina para que los botellines de agua medio llenos, mediante giro de muñeca, cayesen de pie, como quien dice. Gran triunfo. Ahora el personal disfruta adoptando tancredismo de muñeco de cera. Apoteosis total. Picoletos, bomberos, futbolistas, submarinistas, gimnastas, en fin, todos se han apuntado a esta corriente estática que contradice una ola anterior donde la gente se grababa en un plano secuencia mientras bailaba tras ensayar una coreografía ramplona. Los que antes movían sus caderas ahora se retratan reconvertidos en estatuas de sal. Las modas, ya sabemos, son bamboleantes, van y vienen. Estas actividades frenéticas de gozos efímeros nacen de la banalidad que, a su vez, reside en el abismo del tedio. Ya sentenció Groucho Marx que «sólo se aburre el imbécil», pero en nuestra moderna sociedad de quejidos y perezas el aburrimiento preside demasiados actos que tan sólo representan un divertimento chorra de escasa sustancia y menor jugo. La gente a lo mejor finge posición rígida de maniquí porque, en el fondo, aunque lo ignore, su devenir cotidiano es el de un muñeco de plástico exento de cualquier jirón de sensibilidad. La legión aburrida prefiere cualquier actividad tontiloca antes que, por ejemplo, agarrar un libro. Pero es que leer cansa, oye.