Las Provincias

TELA DE PIRINEOS

En aquel tiempo todavía no habían acuñado el concepto 'estado de bienestar'. Así pues las familias funcionaban inmersas en una suerte de 'estado de supervivencia' pero, al ignorar nuestra superviviente condición, en general, los rigores del frío se soportaban con apaños caseros y flotaba una cierta felicidad sobre nuestras cabezas. La prenda fundamental durante aquellos inviernos de mi infancia setentona era el batín. Mi madre compró en Tánger una tela llamada 'tela de Pirineos' y cosió un par de batines, para mi hermana y para mí, con un dobladillo, no exagero, de medio metro. Las cosas, antaño, duraban porque tampoco había irrumpido la obsolescencia programada. Conforme crecíamos sacaba parte del dobladillo y esos batines todavía reposan hoy en el altillo de un armario. No lo heredaron mis sobrinos de milagro y porque, con el estado de bienestar, por fin colocaron radiadores de esos de los que empapan el hogar con reparador calorcillo gallináceo. Aquella tela recaliente formaba parte de un convenio entre EE UU y Marruecos destinado a favorecer los países en desarrollo. Supongo que el nombre de 'tela de Pirineos' emergió de la mente de un comerciante de telas. Baratísima, costó aquella tela, me apunta mi madre. Una catalítica pelín desvencijada nos proporcionaba algo de calor en el salón, pero cuando marchabas al cuarto de baño y depositabas tus tersas, infantiles nalgas, contra la taza del inodoro sentías el mordisco de un lobo de Alaska sobre esa carnosa parte del cuerpo. Te aliviabas rápido, tiritando y sin florituras. Qué frío. El invierno era así de friolero o friolento. Por supuesto que no podemos privar de electricidad a los desfavorecidos y nuestros dirigentes deben actuar en consecuencia. Pero la manipulación escandalosa a costa de una persona fallecida sólo me repugna.