Las Provincias

Sobre el MIR educativo

Si aceptamos la idea de que un sistema educativo nunca es mejor que su profesorado, nos daremos cuenta de que, por muchas reformas y leyes educativas que se promulguen, poco se podrá conseguir si no se trabaja la materia prima: el profesorado, piedra angular de todo el edificio de la Educación. Quizá así podamos dar respuesta al más grave problema del sistema educativo español: la formación y selección de su profesorado.

Son muy distintos los alumnos de nuestras aulas a los que teníamos hace 25 años. Y son los mismos profesores los que dicen que, a pesar de reconocer que están bien formados cognitivamente, se sienten sin herramientas para enfrentarse a la gran heterogeneidad existente en sus clases, la cual plantea unas exigencias pedagógicas para las que no se sienten suficientemente preparados. Y especialmente los de Secundaria.

Está más que demostrado que no son suficientes unos buenos conocimientos del profesor para garantizar el aprendizaje de sus alumnos. No es lo mismo, por poner un ejemplo, un biólogo que imparte clase que un profesor que imparte Biología. Hay otros aspectos que influyen en gran manera en ese aprendizaje, como por ejemplo su motivación, su actitud y disponibilidad para aprender o la existencia de un clima en la clase que predisponga a ese aprendizaje.

Y para desarrollar esos aspectos entran en juego técnicas y estrategias (metodológicas, didácticas), actitudes (reciclaje y formación continua) y un gran elenco de habilidades personales (comunicativas, emocionales, sociales), las cuales ayudarán a manejar una clase y gestionar los conflictos que aparecen en ella y que provocan en el docente gran cantidad de estrés.

Por no hablar de uno de los retos más difíciles a los que se enfrenta un profesor novel: la relación con las familias, las cuales demandan de este profesional una orientación clara y directa ante los problemas de sus hijos. Es decir, la necesidad de un buen tutor adulto, maduro, equilibrado y orientado (necesario para poder orientar y asesorar).

Si así se constata desde prácticamente todos los estamentos educativos, ¿por qué seguir con un sistema de formación y selección del profesorado que sólo prima el nivel de conocimientos? En este sentido, se habla cada vez con más insistencia de un MIR educativo, en referencia al que existe en nuestro sistema sanitario y que tan buenos resultados ofrece. No es algo nuevo, pues ya lo planteaban Eugenio Nasarre y Francisco López Rupérez en 2011 y, más recientemente, en 2014, un estudio muy serio y bien documentado dirigido por Jesús Manso y Javier Valle, profesores de la Universidad Autónoma de Madrid, que con el título 'La voz del profesorado: Acceso a la profesión docente e inserción en el puesto de trabajo', llegaba a la conclusión de que es necesario hacer cuanto antes una reforma del modelo tradicional de oposiciones y acceso a la función docente.

Aunque el tema lo ha sacado a la palestra con gran efecto mediático el pedagogo y catedrático de instituto José Antonio Marina, quien, tras la petición del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, ha elaborado en diciembre de 2015 el 'Libro blanco de la profesión docente y su entorno escolar', en el cual, entre otras cosas, plantea la necesidad de endurecer la carrera para ser profesor, elevando el nivel de preparación del futuro docente.

Su propuesta concreta, en la que con algunos pequeños matices están de acuerdo prácticamente todos los partidos políticos, sería la siguiente: después de estudiar el grado habría que realizar una prueba a nivel nacional, la cual sería un primer filtro para poder escoger a los mejores y más preparados. A continuación se realizaría un año de máster (algunas voces hablan de situar la citada prueba después del máster). Y en función de la calificación obtenida, el futuro docente elegirá el colegio o instituto en el cual, además de seguir con su formación, entrará en contacto con la realidad de los centros, realizando dos años de prácticas remuneradas supervisadas por un tutor. Sólo después de este proceso podrá presentarse a unas oposiciones (para los centros públicos) o ingresar en los centros privados y concertados.

Tiene su gran lógica. Si un profesor no necesita sólo disponer de conocimientos suficientes para impartir su materia sino también de herramientas, técnicas y estrategias para lidiar, si se me permite la expresión, con la heterogeneidad que se va a encontrar en el aula, esto es sólo posible con la vivencia experiencial (que se torna significativa) de la inmersión práctica y real en el aula, en el claustro de profesores y, en general, en toda la comunidad educativa.

Por ello, para acceder a la función docente no sólo deberían evaluarse los conocimientos adquiridos en el grado o máster, sino también sus capacidades didácticas, metodológicas, pedagógicas, actitudinales o emocionales, las cuáles permitirían al nuevo docente crear ese clima adecuado en clase para que se pueda dar el aprendizaje de sus alumnos, para resolver los numerosos conflictos que se presentan en el aula, para poder enseñar adaptándome a la realidad de cada alumno y para poder orientar adecuadamente a los padres. En definitiva, para poder conseguir esa educación personalizada a la que cada docente queremos llegar.

Los que nos dedicamos a la formación de los futuros maestros y profesores en la universidad sabemos de la importancia que tienen las prácticas en los centros de enseñanza. Pero también sabemos que éstas, en la actualidad, no son suficientes para adaptarse rápidamente a la realidad de los centros.

Y parece ser, según se constata en sus programas electorales, que los partidos políticos también están de acuerdo en que este MIR educativo es una necesidad de primer orden para llegar a tener una formación y selección de nuestro profesorado que responda a las nuevas necesidades. A lo mejor ya se está dando el primer paso para el tan deseado Pacto por la Educación.