Las Provincias

Peluches por Alepo

Cada generación tiene una ciudad en la memoria que le recuerda el horror y su responsabilidad por acción o por omisión. En los 40, Auschwitz; en los 90, Sarajevo y, ahora, Alepo. Con sus diferencias, las tres son símbolos de lo más abyecto del ser humano: el asesinato por ser distinto, por ser "el otro" o por servir de pieza en el tablero maldito del poder. Muerte sistemática, planeada, conocida por el mundo entero y olvidada con tal de seguir viviendo en paz. En la paz de la ceguera. Mientras en Occidente nos falta tiempo para homenajear a las víctimas de la barbarie, intentamos no pensar en la que se produce apenas unos miles de kilómetros más allá. Aunque sean los mismos quienes la perpetran o, para mayor escarnio, sean los 'nuestros' quienes la permiten, alimentan y rearman.

Hace menos de una semana Francia se detuvo durante unos minutos para honrar a las víctimas de los atentados de París. Allí, como en Londres, Madrid o Niza, se improvisaron enseguida altares civiles para mostrar el afecto y el dolor por los asesinados. Velas, mensajes, flores y peluches. Muchos peluches. Los muñecos nos encogen el corazón porque nos hacen recordar que algunos de los muertos vilmente por un terror que se recrea en hacer daño al más débil eran pequeños llenos de vida, de futuro y de inocencia. Los peluches que nunca recibirán, con los que nunca jugarán, son el símbolo de un daño infligido a varias generaciones al mismo tiempo. No solo nos duele a los que hoy peinamos canas y hemos conocido el inicio del terror sino a la generación de esos chavalines que crecerán sin ellos, con sus huecos en los anuarios escolares y sus ausencias en el mundo del futuro. Los peluches evidencian lo terriblemente injusto de sus muertes. Todas los son pero las suyas nos escuecen sin remedio y el desconsuelo de sus padres nos duele hasta fisicamente.

Sin embargo, no hay altares donde colocar peluches por los niños de Alepo. Ayer, siete más cayeron bajo las bombas del Risk nauseabundo que estamos permitiendo en Siria. Para ellos no hay dolor ni lágrimas, ni dibujos de sus compañeros de generación. Solo a veces vemos a alguna ONG o algún maestro sacar el tema en clase y explicar a sus contemporáneos qué sucede en otros lugares del mundo y la suerte que tienen por haber nacido en un país en paz. Y los niños, que dicen lo que los adultos callamos, preguntan por qué hay quienes que tiran bombas en las escuelas si allí no se hace nada malo. Alepo es la ciudad que avergonzará por siempre a nuestra generación y sobre la que esos escolares deberán pedirnos cuentas en cuando se hagan adultos igual que nosotros preguntamos a nuestros mayores qué hicieron contra los campos nazis, las cunetas franquistas, las matanzas de Sbrenica, las amenazas de ETA o la brutalidad del Daesh. Y, hoy mismo, preguntarán, asombrados, si hay altares con peluches en Niza, dónde dejan los peluches por los niños de Alepo.