Las Provincias

FÚTBOL SIN FÚTBOL

Al menos tengo un lector. Me encuentro, tomando café, a un amigo de Salesianos, Juan Fermín Nieto, que me reta a que me decida de una vez por todas a dejarme de tonterías y hablar de fútbol. La excusa que balbuceo me parece exacta: «¡Como si fuera fácil en nuestro caso hablar de fútbol!» Todo lo que nos rodea nos empuja a orillar lo que sucede en el terreno de juego durante los noventa minutos más el descuento. Bien que lo siento. El fútbol es tan narcótico que podríamos sacar petróleo de la rutina de unos pocos resultados. Pocos lo notarían, y menos nos echarían en cara el pronunciamiento insensato sobre las alineaciones, o sobre la táctica de juego. La letra impresa deportiva lo perdona casi todo. Hace falta cierta ilusión, un pequeño hálito de vida, para fijar la atención sobre el rectángulo de césped, porque de lo contrario, en nuestra dispersión de escritor, uno se fija en el flamear de las banderas, en el vendedor de regalicia o en la ausencia de agua corriente en los baños de anfiteatro. Escribir de fútbol cuando no hay fútbol es tarea de esos gigantes inmunes a que alguien les reproche su falta de originalidad. Sería perfecto encarar el fin de semana con la certeza de que el partido contra el Granada te proporcionará argumentos para confeccionar una columna adolescente, inocente, sobre el esfuerzo, aquel centro, un regate inesperado, una visión del equilibrio, una interpretación de los cambios. Ausente el fútbol, o en la suposición de que no pasará nada especial, adoptas la postura cómoda de dejar a un lado la contienda y recrearte en lo previo y lo posterior; interpretar lo que se cuece en las alturas de las sociedades deportivas, y atender el rumor subterráneo de las cloacas. Lo valiente es mirar el juego. Lo cobarde es la distracción, aunque yo la confieso, porque soy un aficionado de pocos esfuerzos. La única vez que acompañé al equipo, en la primera Champions, a Manchester, 3-0, el contraste entre mi disgusto y las risas de la plantilla en el viaje de vuelta me remacharon la etiqueta de aficionado sedentario, de partidos de casa. De ahí mi admiración por esos héroes como Jorge Iranzo que se concentraron en los noventa minutos, y resistieron la tentación de hablar de multas, avales, sentencias y notificaciones. Sabiendo el final, me duele en el alma el resultado contra el Celta, el frío de Balaídos, las gaviotas que se asemejarían a cuervos, el atardecer inevitable, y el dolor del marcador. Una de las escenas más divertidas de la serie Padre de Familia, es esa en la que tras recoger Peter Griffin el correo, reúne a toda la familia y se arrodillan para rezar antes de abrir los sobres de los extractos bancarios. No lo descarto. Llegará el día en que cada mañana, antes de encarar la realidad del Valencia, nos tengamos que arrodillar. Para rezar o para pedir perdón.