Las Provincias

EL SUEÑO DEL CAMARERO

De mayor quiero ser Tommy Leonard, el camarero que durante décadas sirvió un cóctel llamado 'ballena azul' en el Eliot Lounge, un pub de Boston que, con el tiempo, acabó convirtiéndose en la segunda meta de su maratón centenario. Él corría y adoraba a los corredores. Tanto que el lunes de la carrera invitaba a una cerveza bien fría al que presentaba su dorsal. Fue un lugar mítico donde podía pasar cualquier cosa, como dejó patente la revista 'Sports Illustrated': «Hubo una vez un lugar donde nadie pestañeó el día que entró un caballo (...). Hubo un lugar donde Fuzzy Zoeller (un golfista que ganó el Masters en su debut) entró a tomar algo y acabó sirviendo copas hasta las cuatro de la noche. Hubo una vez un lugar donde un futuro oro olímpico se pasó la noche del maratón de Boston mordiéndole las posaderas a los extraños y tocando la trompeta».

Aquel 'barman' era el alma del Eliot y allí estaba en 1972 cuando encendió la televisión y vio que un estadounidense, Frank Shorter, iba a ganar el maratón de los Juegos de Múnich, algo que no sucedía desde 1908. Leonard se escapaba en verano donde estaba el jaleo, en el cabo Cod, y hacía vida en el Brothers Four, una taberna en Falmouth Heights. Él quería ver correr a Shorter y, ni corto ni perezoso, se inventó, con la ayuda de un entrenador, una carrera que fuera de Woods Hole a Falmouth Heights. Con la salida en el Captain Kidd y la meta en su querido Brothers Four.

Al principio fue algo muy casero y Shorter ni se planteó ir a disputar esa pintoresca carrera, perocon el tiempo cogió un gran auge y reunió a los tres grandes culpables de que estallara el boom de la carrera a pie en todo Estados Unidos, como rememora Cameron Stracher en 'Reyes del Asfalto' (Editorial Contra), el libro que aborda la epoca entre 1972 y 1982 en la que se desató la locura.

Entre aquellos tres atletas estaba Frank Shorter, un corredor autodidacta de clase media-alta, hijo de un médico de Connecticut que cuando se enteró de que los chicos del pueblo atemorizaban a su hijo cuando salía a correr, cogió la camioneta, cargó su revólver del calibre 38 y disparó varias veces al cielo en cuanto los vio aparecer. Nunca más asomaron el morro.

El segundo era Bill Rogers, que de muy joven vagaba sin rumbo en su moto fumándose cada día un par de paquetes de cigarrillos. Huyendo del frío de Boston acabó dando vueltas a una pista de madera. Allí encontró a su verdadera familia, el Greater Boston Track Club, donde le enseñaron que su alimentación a base de platos tan extravagantes como bizcocho con ketchup, pizza con mayonesa o tocino con crema de cacahuete no era lo más aconsejable para correr más de 200 kilómetros semanales.

El tercero, el más joven, fue Alberto Salazar. Su padre había luchado al lado del Che y Fidel Castro en la revolución cubana, pero, en cuanto vio que aquello iba a terminar siendo una autocracia, se acabó mudando a Miami. El pequeño Alberto se hizo atleta por la obsesión por superar a su hermanos mayor, para contentar a su padre y para huir del instituto donde lo marginaban por ser un inmigrante enclenque. Corría con rabia y cada entrenamiento o cada carrera eran sesiones de sadomasoquismo que a punto estuvieron de costarle la vida más de una vez.

Los tres acabaron siendo leyendas del maratón y compitiendo enconadamente en la carrera de Falmouth, ya con miles de inscritos. Tiger, Nike o New Balance no tardaron en subirse al carro. Ahí había negocio.

Han pasado 44 años desde el oro de Shorter en Múnich, el punto de partida de un fenómeno que ahora se expande en España de manera llamativa. Ahora se llaman runners y todo lo invaden. Hoy se disputa el Maratón de Valencia con 19.000 inscritos, una cifra bárbara. La punta de la pirámide es Paco Borao, un entusiasta como Tommy Leonard o Fred Lebow, el judío que sobrevivió al Holocausto y se inventó el Maratón de Nueva York, a dólar el dorsal, dando vueltas a un entonces peligroso Central Park.

Borao está muy delgado. Ha estado una semana en Atenas organizando la gala de la AIMS (la asociación de maratones) y la siguiente en Valencia. No duerme más de cinco o seis horas y todos los días se escapa a correr un rato para soltar el teléfono. Yo le admiro. Casi tanto como a Leonard.