Las Provincias

EL HACA CONCHÍN

Ha llegado el trascendental momento de recuperar la memoria histórica de las hermosas hacas, hembras o machos, que tanto han trabajado en L'Horta Sud, Nord, Est y Oest. E incluso en las cercanías del Río Grande o Wyoming, ayudando a los pioneros ('pelegrins') en la épica y amarga colonización de lo que hoy llamamos EE UU.

A la vez, pues tanto las hacas como el arroz y la paella configuran (más las fallas) la identidad del 'cap i casal': qui som, d'on venim, a on anem...; más o menos.

Durante un viaje gastronómico al valle navarro de Erro (1997) vi unos caballos/as que pastaban o trotaban, gozosas/os del qué verde era mi valle. A simple vista -uno conoció mucho la huerta de Godella, sita en l'Horta Nord, cuando aún no existía el Aperitivo Bar, del llorado Leoncio Molina-, aquellos animales nos recordaron a las valencianas hacas. Allí les llamaban, en el idioma navarro, jacas.

Por cierto, un numeroso grupo de valencianos e instituciones de las cuatro demarcaciones de nuestra huerta están recogiendo firmas para que la UNESCO certifique que el haca valenciana sea declarado Patrimonio Inmaterial Animal de la Humanidad.

Sin embargo, no será fácil, porque las hacas valencianas las compran en varios valles navarros y por lo tanto carecen de una personalidad estrictamente valenciana. El conseller Marzà podría enseñarles el catalán 'normatiu'. Me informé a fondo charlando con varios navarros propietarios de jacas y me dijeron que «suben muchos valencianos para comprarlas desde hace más de un siglo». Otra desilusión más para los nacionalistas 'de debò'.

Valencia, 13 de noviembre de 2016. Un haca, salida del sainete 'L'agüelo pollastre', del insigne literato Bernat i Baldoví, se dedicó a enseñar cómo se secaba antiguamente el arroz, un auto homenaje más a la ideología ruralista del tripartito del Ayuntamiento de Valencia. Si hubieran leído a fondo a Joan Fuster, su Santo Patrono, sabrían que el savi de Sueca culpaba al mundo rural de su incapacidad para levantar una sociedad industrial y moderna. El haca es el símbolo de este fracaso histórico, que asfixia la cultura, el desarrollo y la apertura de las mentes. Machado: «De cada diez cabezas españolas, nueve embisten y una piensa».

Otro de estos símbolos retrógrados es la paella. ¿Qué es la paella? Una manera de guisar el arroz en un recipiente concreto, del cual toma su nombre: paella. Pero las fuerza vivas han transformado este guiso en una seña de identidad 'nacional'. Planean ir a protestar al secretario general de la ONU, Ban Ki-moon (quien sólo se alimenta con un cuenco de arroz hervido, como los combatientes del Viet Cong) para que cesen los ataques a la paella/País Valencià, violada cuando le ponen un rojo chorizo entre el conejo y el pollo.

Como la ciudad de Valencia no muestra excesiva mentalidad agrícola, el tripartito del Ayuntamiento, liderado por Compromís, decidió importar la cultura del haca y de l'arròs a la plaza de la Casa Consistorial. A tal efecto, y en colaboración con el Govern de la Nau -ente misterioso donde los haya- y la D.O. Arròs de València, cuyo gerente ejerce a la vez de 'periodista gastronómico', desparramó 10.000 kilos de arroz sobre el asfalto, debajo del balcón del ayuntamiento. Un haca, Conchín, fue obligada a simular el secado del arroz como antaño. La vi sudada. El belfo lo tenía lleno de espumarajos de agotamiento. ¿Hizo algo doña Gloria Tello, concejal de Bienestar Animal, para aliviarle el sufrimiento a Conchín? Quià. Estaba en su salsa agropecuaria y hortofrutícola. La típica doble moral de la izquierda. ¿Y si Conchín hubiera fallecido de muerte súbita ante la mirada horrorizada de los adultos y los niños, muy abundantes porque nunca habían visto un haca? Valencia, en todos los telediarios.

Pero el asunto no terminó con lo esbozado. La cultura popular fue incrementada con la presencia de Pep Gimeno 'Botifarra', el Frank Sinatra de Xàtiva; la Petita Orquestra Petitaire y el mundialmente famoso Tornejants de Sueca.

Un espectáculo inferior al de don Vicente González Lizondo -líder de Unión Valenciana- y su paella para 100.000 personas en el cauce seco del río Turia (1992). Yo estuve allí. Vi cómo soldaban las cuatro partes del recipiente. Los bomberos, con sus mangueras, lanzaban agua para el caldo. Palas excavadoras depositaban los trozos de pollo y conejo. Falleros voluntarios esparcían decenas de botes de tomate en conserva. Escribí un artículo: 'Ante el paellicidio que se aproxima' (23-2-1992).

UV y Compromís. Tanto monta.