Las Provincias

UNIFORME DE ROTTENMEIER

La importancia en la vestimenta sólo ha estallado bajo nuestras napias al comprobar el tono entre polloso y moroso de buena parte de la flora podemita. Visten zarrapastroso acaso para disimular sus vastas posesiones inmobiliarias porque de ese infantil modo alzan la bandera de su rebelión merluzona. Imagino que, en sus delirios, lucir un pantalón simplemente aseado implica una inaceptable concesión a la burguesía.

No hace mucho entrevisté a un concejal que gastaba chanclas, ojo, chanclas, que ni siquiera eran sandalias frailunas y austeras, y pantaloncillo corto. Conste que soy un firme defensor del pantalón corto cuando los calurosos días veraniegos, pero si voy a cenar por ahí con amigos me aguanto y me pongo el calzón largo. Por cierto, me chivaron que ese concejal recibía a las visitas de esa guisa, de riguroso corto chancletero, en su despacho. Eso sí es ofrecer exquisita imagen, ya te digo. Pero mientras nuestros gerifaltes ocasionales proyectan despreocupación rotunda en materia de trapos y otros protocolos que lubrican nuestro devenir, ahora resulta que a las falleras de la corte las encorsetan en una normativa que apesta a puritanismo victoriano o rancio beatofranquismo. Las van a disfrazar entre Jane Eyre y Pilar Primo de Rivera. Porque la fallera de la corte, amigos, no deberá provocar exhibiendo un exceso de carne tersa, joven, esponjosa, sensual, de ahí que ni sus faldas mostrarán brevedad suripantesca ni sus escotes hondura de fauce de pantera. Subyace aquí una suerte de sumisión apolillada que nos provoca cierta risa. Puestos a expander ese canon sobre el bien o el mal vestir, ya podrían algunos de ellos aplicarse el cuento. No pedimos que las falleras exhiban sus pechos como las bailarinas de carnaval brasileiro, pero que tampoco les enchufen uniforme de la señorita Rottenmeier.