Las Provincias

¿TODOS IDIOTAS?

Leía hace ya unos cuantos días que un conocido escritor, desde su cuarto, le formulaba a su mujer, también escritora y que se encontraba en otra habitación, una de esas preguntas que pueden parecer puramente retóricas. El enunciado era simple:

«¿Pero., es que nos estamos volviendo todos idiotas?»

Y la respuesta que procede es igual de simple y, además, obvia: imposible saberlo, porque la idiotez nunca se reconocería a sí misma.

Quizá nos estemos volviendo 'todos' idiotas, pero aún queda esperanza mientras seamos capaces de percibir que la idiotez cabalga briosamente con el objetivo de cubrirnos a todos bajo sus espesas alas. Y que lo hace bien espoleada a lomos de la llamada 'cultura popular', de la que, inexcusablemente, tienen que hacerse eco los medios de comunicación.

Pero supongo que hay que poner en su contexto la pregunta intempestiva que lanzaba el escritor.

Venía a cuento de que había leído en la primera página de un diario: «Así se vivió la cobra que le hizo Bisbal a Chenoa». Y le preguntó a su mujer qué era eso de hacer la cobra, quizá pensando que se trataría de algo importante dada su ubicación privilegiada en el rotativo. Cuando ésta le respondió (supongo que tras consultarlo en algún buscador) que se trataba «del gesto ondulante que hace una persona con la cabeza hacia atrás para evitar un beso que no desea», él lanzó esa pregunta retórica y un punto indignada del primer párrafo:

«¿Pero., es que nos estamos volviendo todos idiotas?»

La cosa me hizo gracia porque, unos minutos antes, se había producido en mi casa una secuencia sospechosamente similar. También yo había preguntado qué era eso de hacer la cobra al verlo en la portada de un suplemento dominical, y también mi mujer, ignorante ella, lo buscó en Internet para ilustrarnos al respecto.

Decía Sartre que la estupidez es fascinante. Yo, la verdad, y desde un punto de vista estrictamente teórico, no acabo de verle el punto, pero debo reconocer que cuando soy espectador en una de sus magnas representaciones también me quedo como hipnotizado, aunque sólo sea durante unos instantes.

Por ejemplo, en esta ligera muestra que encuentro en la carta de una lectora de otro suplemento: una chica de 17 años cuelga en Instagram una foto suya en la que aparece recostada sobre un árbol. A continuación, sus 'amigos' le hacen centenares de comentarios. Reproduzco unos pocos en su ortografía literal: «Deja algo pa los demás mi reina»; ella responde: «mira quien lo dice t as visto bb»; otro añade: «teamoooo bebeeee»; y una amiga: «yo a ti si q te love mi reeey»; y otro: «Perooo mi gorrrdi k guapa»; y uno más: «Que zorris como sois tan bellas»; la chica responde: «Haver sistais de kasondeo»; y la cosa sigue.

Einstein también opinó sobre la estupidez: dijo que ella y el universo eran infinitos, pero que, en caso de duda, pondría antes en cuestión la infinitud del universo. Y lo cierto es que yo esta última tampoco acabo de tenerla clara. La otra, sí.

Y si alguien tiene sus reservas al respecto que se sumerja en ese proceloso océano saturado por conversaciones como la referida. Yo no lo he hecho porque carezco de los pertinentes contactos, pero si los tuviera quizá penetraría unos pasos por ese inagotable camino de senderos bifurcados, con una imaginaria cuerda atada a la cintura para retroceder antes de ser engullido por un irresoluble laberinto borgiano compuesto por billones de secuencias ramificadas.

Si cada una de esas comunicaciones produjera al transmitirse el más leve murmullo, vibración o zumbido, enloqueceríamos bajo su atronador estruendo, como encerrados en una campana que no dejase de ser golpeada las veinticuatro horas del día.

Pero esa estupidez que Sartre consideraba fascinante, y Einstein ilimitada, también tiene otros ámbitos.

Hace sólo unos días los electores de la democracia más poderosa del mundo (aparte de una de las más antiguas entre las actuales, de las más modélicas en sus mecanismos garantistas, y con las mejores universidades del planeta) se han lanzado en brazos de alguien sobre cuyas políticas no voy a opinar, porque muchos lo han hecho ya y mejor. Pero sí que puedo decir que me parece un bocazas impresentable, soez y garrulo, hortera y chabacano hasta la extenuación, que, aunque fuese capaz de proporcionar una riqueza y seguridad ilimitadas, tendría que haber sido rechazado por una mera cuestión de vergüenza y dignidad.

Y que nadie se consuele pensando en esos falsos clichés que retratan a los habitantes de ese país como gente burda capaz de combinar hamburguesas con batidos de fresa sin quitarse el sombrero tejano.

Aquí al lado, en la selecta y ancestralmente culta Italia, no hace muchos años que se decantaron por un personaje de similar catadura personal (políticas aparte, insisto).

Y en esta ciudad, hace poco, un importante Centro Comercial dejó vacía una de sus plantas para que cupiesen todos los lectores que querían conseguir una dedicatoria de su ídolo literario: Belén Esteban (previsión insuficiente, porque las colas daban la vuelta a la manzana).

En fin., hubo un tiempo en que este país estaba gobernado por una bochornosa dictadura folclórica y beata, desmedidamente ramplona y zafia, para la que no caben nostalgias. Pero a través de su controlada televisión estatal se programaban obras del mejor teatro (clásicos griegos; Shakespeare y Siglo de Oro; autores poco simpáticos al régimen -Buero Vallejo, Lorca-; contemporáneos -Miller, Pirandello-; incluso algunos de vanguardia -Becket, Wesker-), y hasta musicales en los que aparecían Ella Fitzgerald y Duke Ellington interpretando con sonido directo. Luego, con el fin de aquel régimen, la cosa se amplió y fue todavía mejor.

Ahora, cuando las televisiones libres necesitan, para sobrevivir, seguir los gustos mayoritarios de la audiencia., se revela cuál es la auténtica y sobrevalorada 'cultura popular'. Y a uno le entran ganas de responder afirmativamente a aquella pregunta del escritor.

Pero siempre hay que introducir una nota de esperanza.

A un pesimista que nos dijese «la verdad es que ya no podemos ser más idiotas», deberíamos responderle con optimismo: «No, hombre, no te desmoralices., ya verás que siempre podremos ser todavía más idiotas».

La idiotez es ilimitada. Lo dijo Einstein.